POEMA 6

Te recuerdo como eras en el último otoño.

Eras la boina gris y el corazón en calma.

En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.

Y las hojas caían en el agua de tu alma.

 

Apegada a mis brazos como una enredadera,

las hojas recogían tu voz lenta y en calma.

Hoguera de estupor en que mi sed ardía.

Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

 

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:

boina gris, voz de pájaro y corazón de casa

hacia donde emigraban mis profundos anhelos

y caían mis besos alegres como brasas.

 

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.

Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.

Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.

Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

 

PABLO NERUDA

Pablo Neruda, cuyo nombre real era Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, nació en Chile en 1904 y murió en 1973, días después del golpe de estado del General Pinochet. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971. Fue diplomático y miembro activo del partido comunista. En 1939 fue designado cónsul especial para la inmigración española en París, donde destacó como gestor del proyecto Winnipeg, barco que llevaría a cerca de 2.000 inmigrantes españoles desde Francia a Chile. Es famoso por sus obras Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Cien sonetos de amor y Residencia en la Tierra, así como por su libro de memorias Confieso que he vivido, en el que relata sus relaciones con los escritores de la Generación del 27. Su poesía, influida por las vanguardias, procura la sencillez, en busca de un público amplio. En 2013 su cadáver fue exhumado con el fin de comprobar si, como sus allegados afirmaban, fue envenenado, aunque los resultados negaron esta hipótesis.

En este otoño recuperamos uno de los Veinte poemas de amor de Neruda, tal vez uno de los poemarios, junto con las Rimas de Bécquer, que aún leen los jóvenes con admiración.

En el siguiente vídeo podéis escuchar los poemas que componen esta obra de Neruda:

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AVIADOR EN PELIGRO

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17.30 HORAS

Estábamos a punto de tomar los coches para emprender el regreso, cuando la aparición de un aeroplano francés, que volaba toda marcha hacia las líneas enemigas, ha venido a retardarnos. Éste es uno de los espectáculos que nunca fatigan. Aun después de contemplarlo mil veces, el vuelo de un hombre confiado a la frágil estabilidad de un aparato tan simple tiene algo de nuevo y de maravilloso. Nos detuvimos y alzamos los ojos al cielo. La lluvia se dispersaba en un tenue rocío, salpicándonos el rostro de polvo acuoso. El aire estaba cargado de brumas y el aeroplano flotaba entre sus giros lechosos, desapareciendo y asomando a intervalos.

Apenas la navecilla hubo pasado por encima de nuestras cabezas, comenzaron a resonar estampidos lejanos. Eran las baterías enemigas que habían descubierto al aviador, y procuraban cazarlo como se caza un pájaro. Sobre el fondo apagado del cielo brotaron enseguida humaredas compactas, pequeñas, alrededor del aeroplano. Eran blancas o pardas, muy densas, y destacaban de improviso, aquí y allá, formando una corona flotante que se desvanecía paulatinamente, mientras brotaba otra más lejos, siguiendo la marcha de la navecilla. A cada una de las humaredas sucedía un estallido vago, diluido en la inmensidad del espacio como el trueno sordo de un cohete sin llama. Y nosotros asistíamos desde lejos a este juego de luz y sonido, muy interesados pero nada intranquilos, lo mismo que si se tratara únicamente de un artificio. ¿Podrá escaparse? ¿Le cazarán?

Pronto las humaredas han ido estrechándose en torno del aeroplano. A distancia, parecía que algunas de ellas le rozaban y envolvían. ¡Ya está, ya está cogido! La granada próxima va a alcanzarle en pleno vuelo y a derribarlo vertiginosamente de la altura. Un deseo vago pero insano —de espectador que sólo atiende a la emoción suprema- nos asalta sin quererlo.

La navecilla se burlaba de enemigos y de espectadores. No ha hecho más que dejarse caer de lo alto, descender un poco y continuar volando. De momento, ha parecido que acababan de herirla y que desfallecía. Pero se recobró enseguida y prosiguió su vuelo, mientras las baterías -desconcertadas por la maniobra- continuaban arrojando inútilmente sus proyectiles en la zona desierta que el pájaro acababa de abandonar con burlona soltura.

Ha pasado algún tiempo antes de que los cañones del enemigo pudieran modificar su puntería. El aeroplano seguía tranquilamente su marcha. Cuando las humaredas de los proyectiles volvieron a cercarle, el aviador se elevó de nuevo. Y así, bajando cuando sus cazadores subían y subiendo cuando éstos bajaban, el aeroplano se ha perdido en la bruma, ligero, tranquilo, sin hacer más caso del bombardeo que un ave perseguida por muchachos armados de escopetas de caña.

 Gaziel (Agustí Calvet, 1887-1964), En las trincheras.

Agustí Calvet Pasual, Gaziel, nació en Sant Feliú de Guíxols, Gerona, en 1887 y murió en Barcelona en 1964. Se doctoró en Filosofía y Letras y fue amigo en Madrid de grandes personalidades de la época, como Valle-Inclán, Galdós y Unamuno. Inició su carrera como periodista en revistas catalanas y trabajó en el Institut d’Estudis Catalans. En París vivió el estallido de la Gran Guerra, sobre la que publicó sus crónicas en La Veu y La Vanguardia. Estos escritos fueron muy leídos en España y lo hicieron muy popular. Entre 1920 y 1936 se convirtió en el periodista político más admirado y en el líder de opinión de la burguesía liberal y democrática escribiendo en castellano en La Vanguardia. Al estallar la Guerra Civil se exilió. Cuando regresó a España, en 1940, acuciado por el avance nazi en Europa, fue procesado y absuelto por las autoridades franquistas. Se estableció en Madrid, donde dirigió la editorial Plus Ultra, y comenzó a escribir en catalán libros de memorias y de viajes. Tras su muerte y durante más de treinta años, su obra experimentó un cierto olvido, atribuible a que había resultado un personaje incómodo tanto para el franquismo como, luego, para el nacionalismo catalán. En 2009 la editorial Diëresis empieza a recuperar sus obras como cronista de la I Guerra Mundial, primero con En las trincheras y, en 2013, con Diario de un estudiante. París 1914.

Rafael Jiménez Álvarez ha elegido el texto de esta semana. Así nos explica su elección:

El relato, o pequeña crónica, se titula “Aviador en peligro” y forma parte de un libro titulado En las trincheras, de un periodista español, de seudónimo Gaziel, que fue corresponsal en la Primera Guerra Mundial. Lo he elegido porque este año se conmemora el primer siglo del comienzo de la Gran Guerra. También porque, dentro de la tremenda tragedia, este episodio da un toque de alegría e incluso humor. Porque, afortunadamente, la vida, incluso en los peores momentos, puede hacernos sonreír y olvidar nuestras miserias.

En el siguiente vídeo tenéis una explicación clara y resumida de la I Guerra Mundial:

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VIAJE A ÍTACA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

 

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a aprender de sus sabios.

 

Ten siempre a Itaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

 

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

 

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

 

Konstantinos Kavafis. Antología poética.  Alianza Editorial, Madrid 1999.

Edición y traducción, Pedro Bádenas de la Peña

Konstantinos Kavafis nació en Alejandría (Egipto) en 1863 y murió en 1933. Fue uno de los poetas más importantes del siglo XX y participó en el renacimiento de la lengua griega moderna. Trabajó como periodista y como funcionario, y publicó relativamente poco en vida, aunque tras su muerte su obra cobró paulatinamente influencia. Su atípica temática —fuertemente urbana e introspectiva, y sin ocultar la orientación homosexual del poeta— retrasó su aceptación, pero lo convirtió luego, en la década de 1960, en un icono de la cultura gay. La obra de Kavafis, desde unos inicios alimentados por la lectura de parnasianos y simbolistas franceses, es madura, exigente, habitada por una refinada cultura grecolatina y una latente ironía. Influyó en poetas españoles como Jaime Gil de Biedma, Luis Antonio de Villena o Luis Alberto de Cuenca.

Este poema ha sido propuesto por el alumno de 2º de Bachillerato B Manuel García Pérez de Algaba. Su comentario es el siguiente:

Es un poema que me encanta porque habla de la ilusión a la hora de emprender un camino y hacer cosas nuevas y del camino en sí como meta, como algo que se debe disfrutar, por lo que creo que es un texto muy inspirador en un instituto.

Podéis conocer la historia de Ulises y de su viaje a Ítaca, narrado en la Odisea, en el siguiente vídeo:

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VILLANÍA LÉXICA

Un atento lector, en carta publicada aquí hace dos semanas, confesaba haberse llevado “una sorpresa desagradable” por mi utilización en un artículo del término “discapacitados”, y me sugería que lo “retire” de mi vocabulario. Le agradezco el consejo, y que me proponga en su lugar “personas con discapacidad” o “funcionalmente diversas”. Pues no, lo lamento. Ni este amable lector ni otros parecidos, con espíritu de policías del lenguaje, parecen caer en la cuenta de dos cosas: a) a un escritor (no a un funcionario ni a un notario) no se le puede pedir que renuncie a la riqueza y a la precisión de su lengua, y menos aún que adopte vocablos artificiales, nada económicos, a menudo feos y siempre hipócritas, que tan sólo constituyen aberrantes eufemismos, como si no sufriéramos ya bastantes en boca de los políticos; b) lo que molesta en general no son las palabras, sino lo denominado por ellas. Hay significados que antes o después acaban por “contaminar” o “manchar” el significante. Se juzgaron humillantes “lisiado” o “tullido”, cuando lo cierto es que existen y siempre han existido lisiados y tullidos, como también mutilados (en el metro de mi infancia no eran raros los carteles que rezaban “Asiento reservado a los caballeros mutilados”). Se forjó entonces “minusválidos”, pero al cabo del tiempo eso pareció asimismo ofensivo, y se pasó a “discapacitados”, que ahora, compruebo, es condenable. Cualquier cosa que se invente acabará por resultarle denigrante a alguien, no les quepa duda. Y, lo siento mucho, pero en español quien no ve nada es un ciego, y quien no oye nada es un sordo. Lo triste o malo no son los vocablos, sino el hecho de que alguien carezca de visión o de oído.

Lo mismo ocurre con las palabras que denominan actividades o lugares digamos “embarazosos”. “Váter”, “retrete” o “excusado”, que hoy nos suenan horteras si no groseros (nadie anuncia “Me voy al retrete”), fueron en su día eufemismos, tan neutros y carentes de connotaciones sucias que “váter” era de hecho un extranjerismo, adaptación y abreviatura de “water closet”, es decir, de “gabinete del agua” en inglés, literalmente. El significado ha ido invalidando, uno tras otro, todos los significantes elegidos. Otro tanto sucedió con “Negro”, en inglés un extranjerismo, un españolismo. Cuando se consideró que era peyorativo, se sustituyó por “coloured people”, “gente de color”, hasta que eso pareció también discriminatorio, pues ¿acaso no tenía algún color todo el mundo? Entonces se pasó a “blacks”, lo mismo que “negro”, sólo que en inglés ahora. Pero eso tampoco duró más que unos años, y se inventó la ridiculez de “African Americans”, que los españoles racistas (esto es, los que evitan los términos meramente descriptivos y naturales) se apresuraron a traducir, y además añadieron esa otra ridiculez de “subsaharianos” para referirse a los negros que nada tienen que ver con América. Estén seguros de que alguien protestará en el futuro: “¿Por qué hemos de especificar nuestro remoto origen y llamarnos ‘afroamericanos’, cuando los blancos no especifican el suyo y no se llaman ‘euroamericanos’? Volvemos a estar discriminados”. Y así podríamos seguir poniendo incontables ejemplos. Lo único que se consigue con esta quisquillosidad insaciable es desnaturalizar y desvirtuar las lenguas, convertirlas en algo plano, inexacto e inservible. Lo he dicho otras veces, pero se ve que toca repetirlo.

Lo curioso de España es que ,mientras se ejerce esta estricta vigilancia de lo “incorrecto”, a nadie le preocupa –qué contraste– que seamos un país inverosímilmente zafio y grosero. Cada vez que se le queda un micrófono abierto a un político; cada vez que aparecen grabaciones o emails entre ellos o entre personas en principio educadas y con responsabilidades, nos encontramos con tacos o con alusiones sexuales de dudoso gusto: entre las más recientes, la firma “Duque de em…Palma…do” a cargo del Duque de Palma, y “Ahí has estado muy torero”, como le escribía un fulano a otro que se había jactado de tirarle los tejos a esa amiga del Rey llamada Corinna. ¿Sonamos todos así, cuando estamos en privado? Tengo amigos que así suenan a veces, y algún taco suelto yo de tarde en tarde, no voy a negarlo; pero la mayoría no, en absoluto. En realidad no hace falta rebuscar en las charlas privadas. Encendí la televisión ayer, y de buenas a primeras, en horario estelar, me saludó esta frase en una serie nacional de gran éxito: “Como me sigas haciendo chorrear, me van a salir escamas en el potorro”. No estoy muy seguro de haberla entendido, pero creo que sí, y no es de recibo, ni en un diálogo humorístico. Luego, en una tertulia, dos bestiajas muy queridas y populares me soltaron, respectivamente: “Tengo unos ovarios así de grandes y los pongo encima de la mesa”, y “Lo digo porque me sale del chichi”. Todo esto se considera normal, o incluso gracioso. Para mí es una degradación, no ya del lenguaje que todo lo admite, sino de la cortesía mínima entre personas. Esta “normalidad” sería inimaginable en Gran Bretaña, en los Estados Unidos, en Francia y Alemania, y también en Italia, que se nos parece más, pero no en esta villanía léxica deliberada y celebrada. Aquí se cree que la forma de hablar no influye en los comportamientos. A mi parecer lo hace, y mucho, y así no es de extrañar que nos hayamos convertido en un país rastrero y corrupto, que no se tiene el menor respeto a sí mismo.

JAVIER MARÍAS, El País Semanal, 24 de febrero de 2913

Javier Marías Franco nació en  Madrid en 1951. Es escritor, traductor y editor  y ocupa el sillón R de la Real Academia Española. Pasó parte de su infancia en Estados Unidos, ya que su padre, el filósofo Julián Marías, represaliado tras la Guerra Civil, fue profesor en aquel país. En 1970 escribió su primera novela, Los dominios del lobo, a la que siguieron, entre otras, las más conocidas: Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí o Tu rostro mañana, que recibieron importantes premios, como el Rómulo Gallegos o el Fastenrath. Rechazó el Premio Nacional de Narrativa por negarse a recibir premios institucionales y colabora en El País Semanal con artículos como el que publicamos. También es autor de relatos, que han sido recogidos en Mala índole. Sus obras han sido traducidas a cuarenta idiomas y publicadas en cincuenta países. Tras el éxito de Los enamoramientos acaba de publicar su novela Así empieza lo malo.

Ángel Campillo propone este artículo para que reflexionemos sobre la tiranía de lo “políticamente correcto” y los abusos, a veces innecesarios, de los eufemismos.

Os dejamos este vídeo en el que podéis ver una reciente entrevista del autor en el programa de TVE Página 2:

http://http://www.rtve.es/alacarta/videos/pagina-2/pagina-2-entrevista-javier-marias/2771888/

 

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CUENTO SIN MORALEJA

(Caricatura de David Vela)

Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, eslóganes, membretes y falsas ocurrencias.

Por fin el hombre supo que había llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del país, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.

-Vengo a venderle sus últimas palabras -dijo el hombre-. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo.

-Traducí lo que dice -mandó el tiranuelo a su intérprete.

-Habla en argentino, Excelencia.

-¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada?

-Usted ha entendido muy bien -dijo el hombre-. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.

El tiranuelo se puso en pie, como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos.

-Es lástima- dijo el hombre mientras se lo llevaban-. En realidad, usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitaría decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotar por primera vez y naturalmente, usted no podrá decirlas.

-¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? -preguntó el tiranuelo ya frente a otra taza de café.

-Porque el miedo no lo dejará -dijo tristemente el hombre-. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de terror y de frío, los dientes se le entrechocaran y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso sí lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.

Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.

Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegándole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuales hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.

Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que en realidad todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.

Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.

 JULIO CORTÁZAR, Historia de Cronopios y de Famas

Julio Cortázar nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914, por lo que este verano acabamos de conmemorar los 100 años de esta fecha, y murió en París en 1984. A pesar de ello, su nacionalidad era argentina, aunque en 1981 adquirió también la francesa en protesta contra el gobierno militar que usurpó el poder en su país. Se lo considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve, como los de sus libros Historias de Cronopios y de Famas, Final del juego, Las armas secretas o La vuelta al día en ochenta mundos. Sus novelas inauguraron una nueva forma de hacer literatura en el mundo hispano, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal. Transitan en la frontera entre lo real y lo fantástico, por lo que Cortázar se suele incluir en el realismo mágico o incluso en el surrealismo. Entre ellas destaca Rayuela, que permite ser leída de forma lineal o mediante saltos indicados al final de cada capítulo; El libro de Manuel o 62/Modelo para armar

En el centenario de este autor fundamental de la literatura en lengua española, proponemos uno de sus relatos, que podéis escuchar en la voz del propio autor si veis el siguiente vídeo. 

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Cuadernillo de La pausa semanal 2013-14

Para finalizar nuestra Pausa semanal del curso 2013-14, hemos recogido todos los textos publicados en este cuadernillo:

 

http://es.calameo.com/read/0034369331f4147fd9ff0

Os deseamos unas vacaciones llenas de buenas lecturas y nos despedimos hasta el próximo curso.

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El árbitro

El árbitro es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.

Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge. Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.

A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan.

Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.

Eduardo Galeano, El fútbol a sombra y sol y otros escritos.

Eduardo Hughes Galeano nació en 1940, en Montevideo (Uruguay). A los 14 años entró en el mundo del periodismo, publicando dibujos y más tarde artículos. También fue mensajero, dibujante, peón en una fábrica de insecticidas, cobrador, taquígrafo, cajero de banco y editor. Estuvo exiliado en Argentina y España desde 1973 hasta principios de 1985. Ha escrito Las venas abiertas de América Latina (1971), Vagamundo (1973), La canción de nosotros (1975), Días y noches de amor y de guerra (1978), los tres tomos de Memoria del fuego: Los nacimientos (1982), Las caras y las máscaras (1984) y El siglo del viento (1986), El libro de los abrazos (1989), Las palabras andantes (1993), El fútbol a sol y sombra (1995); Las aventuras de los dioses (1995) y Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1998). También ha publicado recopilaciones de artículos y ensayos, como Nosotros decimos no, Ser como ellos y Úselo y tírelo.

En un final de curso marcado por el mundial de fútbol, que tantas alegrías o disgustos promete, despedimos por este año nuestra pausa semanal con esta reflexión de Eduardo Galeano, quien afirma en el prólogo de su libro:

«Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo. Yo quise ser jugador de fútbol como todos los niños uruguayos. Jugaba de ocho y me fue muy mal porque siempre fui un “pata dura” terrible. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido. También era un desastre en otro sentido: cuando los rivales hacían una linda jugada yo iba y los felicitaba, lo cual es un pecado imperdonable para las reglas del fútbol moderno.» 

Este libro rinde homenaje al fútbol como espectáculo y también denuncia las estructuras de poder de uno de los negocios más lucrativos del mundo.

En el siguiente vídeo podéis conocer a Galeano:

Y, si os ha gustado el texto, podéis leer el libro completo en esta dirección:

http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Galeano_Eduardo-El_futbol_a_sol_y_sombra.pdf

 

 

 

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