MIS QUERIDOS FILÓSOFOS

 

Ocurre a veces que uno necesita reconciliarse formalmente con la razón, días en que el mundo se vuelve opaco y el alma se siente huérfana de conceptos y anhelosa de armonía y claridad. Es el momento entonces de regresar a la filosofía. Y es que a veces el conocimiento intuitivo y emocional del arte y de la literatura empacha y cansa, quizá porque su empeño no es tanto esclarecer las cosas como enriquecerlas y, valga la paradoja, iluminarlas con nuevos enigmas, de modo que en la filosofía descansamos de ese oscuro entender y, por decirlo así, canjeamos por ideas claras y distintas nuestras perplejidades y vislumbres, como quien convierte su incierta mercadería en letras de cambio bien acreditadas.

Siempre he sido aficionado a la filosofía, y nunca me ha faltado un filósofo de cabecera. Cada momento ha tenido el suyo. Ha habido épocas de Nietzsche, de Ortega, de Spinoza, de Berkeley, de Heidegger, de Benjamin y Adorno, de Sartre y de Camus, y de tantos otros, y siempre de Schopenhauer, de quien nunca me canso, y por supuesto de Montaigne. De Montaigne me admira la suave y amena indagación que hace de sí mismo y de las cosas sencillas de su alrededor. Pocas veces nos dice nada que el lector no creyera haber pensado antes. La obviedad se convierte sin saber cómo en un hallazgo y en un don. Los pensamientos de siempre cobran en él el resplandor del primer día, y hasta sus muchas citas clásicas se nos revelan con toda la fuerza repentina de la novedad. De pronto descubrimos que todo en el mundo está por descubrir.

Así que uno es una especie de trotaconceptos, un vagabundo que en cualquier parte (un tratado de lo más sesudo, un artículo de periódico, una sentencia, hasta un refrán) encuentra hospedaje: es decir, encuentra el consuelo, y hasta la caricia maternal, de una idea que de pronto, como un relámpago en la noche, pone luz en el mundo. En cuestión de ideas, soy nómada. Apenas he conocido el placer de la creencia, y aún menos el de la militancia. Soy un viajero que hoy hace fonda aquí, y pide siempre el menú degustación, y que mañana continúa alegremente su camino. Como mero aficionado a la filosofía, me gusta además mi irresponsabilidad de lector, cosa que en la literatura me ocurrió solo en mis primeros años de juventud, cuando leía de todo, sin ley ni canon, y tenía tan buen apetito que no había libro o cómic al que le hiciera ascos. Por otra parte, yo suelo leer los textos filosóficos con cierto ánimo novelero, como si me contasen una historia cuyos personajes, héroes y malvados, son las ideas, y donde hay un argumento, un conflicto, una trama, una intriga, y hasta un desenlace desdichado o feliz. De filosofía, entiendo poco, y no aspiro a más, y en mis lecturas hace tiempo que renuncié a obtener cualquier botín teórico, lo cual me ofrece una levedad de lo más placentera. Vivo desde siempre en una alocada soltería filosófica.

Luego, otro día, resulta que te cansas y hasta reniegas de ese lenguaje y de esa luz, de esas pretensiones de alzar una torre de conocimiento tan alta como la de Babel, y regresas a la penumbra del arte y la literatura, y así vas, de los filósofos a los poetas, del razonamiento a la revelación, del no entender entendiendo al alivio, y acaso también al espejismo, de entender algo de una vez para siempre, y de reposar al fin en esa Ítaca tan inalcanzable que es la ilusión de la verdad. De las palabras que te guían a las palabras que te pierden.

Uno no sería ni la persona, ni el ciudadano, ni el lector y el escritor que es, sin la filosofía, sin esa fina lluvia de ideas, de pálpitos, de querellas intelectuales, de ecos dialécticos, que nos vienen del pasado y que se filtran en nuestra inteligencia y en nuestro corazón y que nos dotan de la clarividencia y el carácter necesarios para enfrentar críticamente el mundo y construir nuestra visión propia de la realidad, y que solo ahí, en ese gran río de conocimiento que es el legado de nuestros mayores, podemos encontrar. Esa es nuestra herencia, y no tenemos otra. En la filosofía (y, si se quiere, también en la literatura, que no es otra cosa que el patio de vecindad de las humanidades) está la llave de nuestra salvación como personas libres, lúcidas y mayores de edad.

Porque ocurre que del mismo modo que las facciones de nuestro rostro o las huellas de nuestros dedos son distintas, así también nuestro mundo interior y nuestra visión de la realidad son por fuerza exclusivos. Somos irrepetibles. Estamos condenados a ser originales. O mejor: en nosotros está la semilla de la originalidad, y de nosotros depende que caiga en buena tierra o que se agoste sin remedio. Pero para saber lo que valemos, y para lograr ser nosotros mismos, nos lo tenemos que ganar, y para eso es necesario un poco de soledad, de recogimiento, de esfuerzo, de lentitud… y de la ayuda de nuestros filósofos, de los de antes y de los de ahora, de los densos y de los ligeros, de los ceñudos y de los festivos, porque sin ellos estaremos condenados a la ignorancia y a la palabrería: carne de cañón.

Y he aquí que ahora, nuestros actuales gobernantes, no contentos con haber menoscabado la literatura en las escuelas, los libros en las bibliotecas y el teatro y el cine en las taquillas, han decidido también arrinconar a la filosofía, haciéndola meramente optativa, lo cual equivale a su extinción. ¿Qué muchacho, o qué padres de muchacho, van a elegir o a animar a elegir como asignatura la filosofía, que al fin y al cabo no sirve para nada, cuando se puede optar por otra materia más técnica y práctica, que acaso pueda servir para aspirar a un puesto de trabajo, por mísero que sea?

Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva. Hoy sabemos ya que, en asuntos de educación, de ciencia y de cultura, el sueño de la Transición produjo, si no monstruos, sí figuras grotescas. Al cabo del tiempo, al cabo de tantos proyectos y sueños de regeneración, uno contempla el panorama social y comprueba que, tras la apariencia y el barniz de la modernidad, seguimos siendo el mismo país ignorante y atrasado de siempre. Queda una gran minoría ilustrada, cómo no, pero se antoja poco logro para las oportunidades históricas que tuvimos y que una vez más desperdiciamos. Diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así. No de otro modo se puede interpretar el desprecio y la saña con que nuestros gobernantes persiguen a las humanidades en las escuelas y a la ciencia y a la cultura allá donde se encuentren. Como si hubieran recibido de ellas una afrenta que hay que vengar y reparar.

Seguimos, pues, como siempre en nuestra desdichada historia, a la espera de un Gobierno ilustrado, que crea de verdad en esa gran evidencia de que el progreso y la grandeza de un país se construyen por fuerza desde la educación. Algo que todo el mundo dice pero que nadie hace, quizá porque tampoco ellos, los mandatarios y demás malandrines, son amigos de la lectura y el estudio. Basta leer un par de horas a Montaigne, o cultivar el hábito de alternar, aunque sea solo de pasada, con nuestros queridos filósofos, para defendernos de la banalidad y desenmascarar y ponernos a salvo de los discursos baratos, tramposos, fatuos y hasta ridículos de la mayoría de nuestros políticos. Más que nunca, ante la ristra de elecciones que se nos avecinan, quizá esta sea la hora de regresar a la filosofía.

LUIS LANDERO

Luis Landero

Luis Landero nació en Alburquerque en 1948, hijo de agricultores que emigraron a Madrid. Desempeñó multitud de trabajos para costearse sus estudios de Filosofía y Letras en la Complutense, entre ellos el de profesor de guitarra flamenca. Ha ejercido como profesor de Lengua y Literatura en un instituto y de Arte Dramático en Madrid, aunque en la actualidad se encuentra jubilado. Su primera obra, Juegos de la edad tardía (1989) le valió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura. Otras novelas son Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz, El guitarrista, Retrato de un hombre inmaduro y El balcón en invierno. Ha reunido sus artículos en el libro ¿Cómo le corto el pelo, caballero? También ha escrito un ensayo, Entre líneas: el cuento o la vida. Se ha calificado su estilo de cervantino y hoy es uno de nuestros novelistas más destacados.

Mercedes Luchena ha compartido con nosotros este artículo, publicado en El País el 28 de abril pasado. Es una dura e interesante reflexión sobre la situación actual de la educación y la Filosofía en nuestro país.

Si os interesa conocer mejor a Luis Landero os proponemos el siguiente vídeo:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/pagina-2/pagina-2-luis-landero/2955201/

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LAS MAYAS

 

Entra mayo y sale abril:

¡tan garridico le vi venir!

 

Entra mayo con sus flores,

sale abril con sus amores,

y los dulces amadores

comiencen a bien servir.

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 Este sí que es mayo famoso,

que los otros mayos no;

este sí que se lleva la gala,

que los otros mayos no.

Estos poemas pertenecen al enorme acervo de la lírica popular castellana. Concretamente, son dos mayas, es decir, poemas dedicados al mes de mayo y a la primavera, en los que el amor se hace patente junto con las labores del campo y la celebración de la naturaleza. Son características de estas obras la brevedad, sencillez y expresividad, conseguidas mediante la repetición de estructuras sintácticas o de palabras, así como la musicalidad derivada de su uso: ser cantadas acompañadas con instrumentos celebrando la abundancia de la cosecha. Se trata de obras anónimas que datan de la Edad Media, con múltiples variantes en las distintas zonas, dado que se transmitían oralmente. Se escribieron en el siglo XV, pero fueron compuestas varios siglos antes, pues se cree que la lírica popular es la primera manifestación literaria castellana, concretamente, las jarchas mozárabes, fechadas en el siglo XI. Otros tipos de composiciones, según su temática, son las albadas, las alboradas, las canciones de vela, de siega, de siembra, de viñadores, de boda, baladas, endechas, etc. Muchos autores posteriores emplearon estas cancioncillas populares en sus obras, como Lope de Vega.

Queremos celebrar la llegada del mes de mayo recordando estos sencillos y entrañables cantos con que los campesinos animaban las duras jornadas de trabajo y celebraban sus fiestas.

En el siguiente vídeo podéis encontrar muchas de estas composiciones.

 

 

 

 

 

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LA FUNCIÓN DEL LECTOR/1

 

Cuando Lucía Peláez era muy niña, leyó una novela a escondidas. La leyó a pedacitos, noche tras noche, ocultándola bajo la almohada. Ella la había robado de la biblioteca de cedro donde el tío guardaba sus libros preferidos.

Mucho caminó Lucía después, mientras pasaban los años. En busca de fantasmas, caminó por los farallones sobre el río Antioquía, y en busca de gente caminó por las calles de las ciudades violentas.

Mucho caminó Lucía, y a lo largo de su viaje iba siempre acompañada por los ecos de los ecos de aquellas lejanas voces que ella había escuchado, con sus ojos, en la infancia.

Lucía ya no ha vuelto a leer ese libro. Ya no lo reconocería. Tanto lo ha crecido adentro que ahora es otro, ahora es suyo.

EDUARDO GALEANO

Eduardo Galeano nació en Montevideo, Uruguay, en 1940, y acaba de fallecer el 13 de abril de 2015 a causa de un cáncer de pulmón que padecía desde 2007. Fue periodista y escritor. Durante el golpe de Estado del 27 de junio de 1973, Galeano fue encarcelado y obligado a abandonar Uruguay, por lo que marchó a Argentina, donde editó la revista cultural Crisis. Su compromiso personal y político lo llevó a apoyar la candidatura de Tabaré Vázquez en su país, en 2004. Entre sus libros más conocidos están Las venas abiertas de América latina (1971) y Memoria del fuego (1986). Este fragmento pertenece a El libro de los abrazos (1989).  Sus obras, lejos de ceñirse a los géneros literarios habituales, combinan documental, ficción, periodismo, análisis político e historia.

Queremos celebrar el Día del libro recordando a este escritor, recientemente fallecido, con un texto que nos recuerda que somos también lo que hemos leído y en el que se reafirma el enorme potencial de la lectura para cambiar a las personas, algo que suscribimos desde este blog y desde nuestra experiencia docente año tras año.

Como regalo del Día del libro, os ofrecemos en pdf algunos de los más importantes de este autor:

Bocas del tiempo

El libro de los abrazos

Espejos

Las palabras andantes

Las venas abiertas de América Latina

Memoria del fuego, I. Los nacimientos

Memoria del fuego, II. Las caras y las máscaras

Memoria del fuego, III, El siglo del viento

Patas arriba

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LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA

 

instituto escuela

Clases al aire libre en el Instituto-Escuela, en Madrid, hacia 1933.

Ese sistema, ya lo conocéis. La Institución no pretende limitarse a instruir, sino cooperar a que se formen hombre útiles al servicio de la humanidad y de la patria. Para esto, no desdeña una sola ocasión de intimar con sus alumnos, cuya custodia jamás fía a manos mercenarias, aun para los más subalternos pormenores, contra el uso reinante en toda Europa; novedad esta, cuya importancia comprendía bien el último Congreso de Bruselas, donde al ser expuesta por uno de nuestros compañeros, obtuvo la adhesión más entusiasta. Solo de esta suerte, dirigiendo el desenvolvimiento del alumno en todas relaciones, puede con sinceridad aspirarse a una acción verdaderamente educadora en aquellas esferas donde más apremia la necesidad de redimir nuestro espíritu: desde la génesis del carácter moral, tan flaco y enervado en una nación indiferente a su ruina, hasta el cuidado del cuerpo, comprometido, como tal vez en ningún otro pueblo de Europa, por una indiferencia nauseabunda; el desarrollo de la personalidad individual, nunca más necesario que cuando ha llegado a su apogeo la idolatría de la nivelación y de las grandes masas; la severa obediencia a la ley, contra el imperio del arbitrio, que tienta a cada hora entre nosotros la soberbia de gobernantes y de gobernados; el sacrificio ante la vocación sobre todo cálculo egoísta, único medio de robustecer en el porvenir nuestros enfermizos intereses sociales; el patriotismo sincero, leal, activo, que se avergüenza de perpetuar con sus imprudentes lisonjas males cuyo remedio parece inútil al servil egoísmo; el amor al trabajo, cuya ausencia hace de todo español un mendigo del Estado o de la vía pública; el odio a la mentira, uno de nuestros cánceres sociales, cuidadosamente mantenido por una ecuación corruptora; en fin, el espíritu de equidad y tolerancia, contra el frenesí exterminador que ciega entre nosotros a todos los partidos.

FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS, Discurso de apertura del curso académico 1880-81

giner

Francisco Giner de los Ríos (Ronda, 1839-Madrid, 1915), hijo de un funcionario de Hacienda, fue un visionario que reformó la pedagogía en España creando la Institución Libre de Enseñanza. En 1875 lo apartaron de su cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional de la Universidad Central por negarse a acatar la norma que impedía las críticas a la religión católica o a la monarquía —el mismo destino que sufrió Nicolás Salmerón, también krausista y cómplice en la aventura de la ILE—. Ese mismo año Giner de los Ríos fue encarcelado en Cádiz, donde comenzó a imaginar su futuro proyecto. La Institución nació al año siguiente, “completamente ajena a todo espíritu e interés de comunidad religiosa, escuela filosófica o partido político, proclamando tan sólo el principio de la libertad e inviolabilidad de la ciencia”, según sus estatutos. Su primera vocación —universidad privada y laica, a semejanza de la Universidad Libre de Bruselas, fundada por masones belgas— no cuajó, pero esto, lejos de desanimar a Giner y sus compañeros, los llevó a adoptar la opción estratégica que treinta años después se revelaría como una inversión muy productiva: se volcaron en la enseñanza primaria y secundaria —Antonio Machado y su hermano Manuel serían unos de sus alumnos— y, sobre todo, iniciaron una estrategia de ramificación de su filosofía en una serie de organismos públicos y autónomos —el Museo Pedagógico, la Junta de Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes o el Instituto-Escuela— que contribuirían a formar brillantes científicos, intelectuales y políticos, entre ellos la mayor parte de los componentes de la Generación del 27, el pintor Salvador Dalí o el cineasta Luis Buñuel. Y, aunque menos de lo que sus enemigos proclamaban, el espíritu institucionista caló en numerosos ámbitos. La ILE, un fogonazo que duró seis décadas, expandió una renovadora fe laica, que veneraba la cultura y la ciencia, sacaba los libros al monte y sacudía la pelusa del retraso con el envío de talentos al exterior y la invitación a España de quienquiera que tuviese algo notable que aportar: Marie Curie, Albert Einstein, Alexander Calder o John Dos Passos. Fundada en 1876 y defenestrada (y vilipendiada) tras la Guerra Civil por la dictadura, la ILE fue una de las criaturas más innovadoras alumbradas en España. 

Este año se cumple un siglo de la fundación de la Institución Libre de Enseñanza. Coincide este aniversario con los 25 años de la creación de nuestro centro. Queremos unir ambas efemérides con el deseo de que se reconozca el valor de la enseñanza en el futuro de un país y se dediquen el tiempo, el esfuerzo y los recursos necesarios para avanzar en la mejora de las técnicas educativas y de la formación de las nuevas generaciones.

En este vídeo podéis encontrar más información sobre Francisco Giner de los Ríos.

 

 

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ÉXITO

 

 

 

Reír con frecuencia y mucho.

Merecer el respeto de personas inteligentes y el afecto de los niños.

Ganar el reconocimiento de críticos honestos y soportar la traición de falsos amigos.

Gozar de la belleza.

Descubrir lo positivo de los demás.

Hacer un poco mejor el mundo, dejando tras de ti a un hijo bueno o un jardín cultivado, o bien, porque ayudaste a un pobre.

Saber que no viviste en vano y que, gracias a ti, una persona pudo respirar con más tranquilidad.

ESTO es haber triunfado.

Este poema aparece en el libro En busca del éxito, de D. Jongeward, sin indicar el nombre de su autor. Según parece, es una adaptación del poema “Success”, de Bessie Anderson Stanley. Nos lo propone Víctor Jesús Sánchez Flamil, alumno de 1º de Bachillerato C.

Esta es la versión original:

Success

He has achieved success who has lived well, laughed often, and loved much;
Who has enjoyed the trust of pure women, the respect of intelligent men and the love of little children;
Who has filled his niche and accomplished his task;
Who has never lacked appreciation of Earth’s beauty or failed to express it;
Who has left the world better than he found it,
Whether an improved poppy, a perfect poem, or a rescued soul;
Who has always looked for the best in others and given them the best he had;
Whose life was an inspiration;
Whose memory a benediction.

BESSIE ANDERSON STANLEY

Elisabeth-Anne, “Bessie”, Anderson Stanley (1879-1952) es la autora del poema “Éxito”, erróneamente atribuido a Ralph Waldo Emerson o a Robert Louis Stevenson. Fue escrito en 1904 para un concurso convocado por una revista, en el que las obras solicitadas debían responder a la pregunta “¿Qué es el éxito?” en 100 palabras como máximo. Stanley ganó el primer premio.

 Podéis escuchar este poema recitado en inglés en el siguiente vídeo:

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¡HABRÁ POESÍA!

 

 RIMA IV 

No digáis que, agotado su tesoro, 
de asuntos falta, enmudeció la lira; 
podrá no haber poetas; pero siempre 
habrá poesía. 

Mientras las ondas de la luz al beso 
palpiten encendidas, 
mientras el sol las desgarradas nubes 
de fuego y oro vista, 
mientras el aire en su regazo lleve 
perfumes y armonías, 
mientras haya en el mundo primavera, 
¡habrá poesía! 

Mientras la ciencia a descubrir no alcance 
las fuentes de la vida, 
y en el mar o en el cielo haya un abismo 
que al cálculo resista, 
mientras la humanidad siempre avanzando 
no sepa a do camina, 
mientras haya un misterio para el hombre, 
¡habrá poesía! 

Mientras se sienta que se ríe el alma, 
sin que los labios rían; 
mientras se llore, sin que el llanto acuda 
a nublar la pupila; 
mientras el corazón y la cabeza 
batallando prosigan, 
mientras haya esperanzas y recuerdos, 
¡habrá poesía! 

Mientras haya unos ojos que reflejen 
los ojos que los miran, 
mientras responda el labio suspirando 
al labio que suspira, 
mientras sentirse puedan en un beso 
dos almas confundidas, 
mientras exista una mujer hermosa, 
¡habrá poesía!

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida (Sevilla, 1836-Madrid, 1870) adoptó su nombre literario de un antepasado flamenco. Su vida fue una sucesión de desgracias: su temprana orfandad, su matrimonio fallido, el escaso reconocimiento de su obra mientras vivió, sus penurias económicas, la tuberculosis, que lo limitó durante gran parte de su corta existencia… Sin embargo, hoy es uno de los escritores españoles más conocidos y más influyentes entre la juventud, e inspiró a grandes autores, como Juan Ramón Jiménez o los poetas del 27. Sus famosas Rimas nunca fueron publicadas en un volumen en vida del autor, pues el manuscrito, conocido como “El libro de los gorriones” se perdió en el asalto a la vivienda del Presidente del Consejo de Ministros, Luis González Bravo, cuando huyó de Madrid a causa de la Revolución de 1868. Los amigos del poeta, Augusto Ferrán y Ramón Rodríguez Correa, rescataron las rimas de los periódicos en los que fueron apareciendo y así las conocemos, ordenadas por temas: la poesía, el amor ilusionado, el desengaño y la soledad sin esperanza. Pero acaba de aparecer una nueva edición titulada Rimas. Leyendas y relatos orientales, publicada por la Fundación José Manuel Lara y preparada por dos de los mayores especialistas en el autor, María del Pilar Palomo y Jesús Rubio Jiménez, que viene a defender la modernidad de un escritor distorsionado por su leyenda, cuya obra en realidad está llena de luz.

Esta semana queremos celebrar el Día Mundial de la poesía, el 21 de marzo, con una de las rimas de Bécquer dedicadas a ella. Como el autor afirma, la poesía existirá siempre, igual que el mismo Bécquer seguirá inspirando a nuevos poetas.

En el siguiente vídeo podéis oír recitada otra de sus rimas sobre el tema. En este caso,  trata sobre la inspiración:

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JAKOB VON GUNTEN

Casi cada mañana, a primera hora, tiene lugar entre Kraus y yo un duelo verbal en susurros. Kraus vive convencido de que es deber suyo incitarme al trabajo. Y tal vez no se equivoque al suponer que detesto levantarme temprano. Cierto es que me encanta levantarme de la cama, pero a la vez encuentro francamente delicioso quedarme entre las sábanas un rato más de lo permitido. La prohibición de hacer algo resulta a veces tan atractiva que no se puede por menos que hacerlo. Por eso me agradan tanto las coacciones de cualquier tipo: consienten el placer de transgredir la ley. Si en este mundo no hubiera ningún mandamiento, ningún deber, me moriría, me consumiría, me anquilosaría de aburrimiento. Necesito vivir espoleado, forzado, sujeto a tutela. Es algo que me fascina. Al final soy yo, y nadie más que yo, quien decide. Siempre consigo enfurecer un poco a la ceñuda ley, y luego me dedico a apaciguarla. Kraus es el representante de todas las normas vigentes aquí, en el Instituto Benjamenta, de ahí que yo ande siempre desafiando un poco al mejor entre todos mis condiscípulos. Me encanta buscar pleitos. No poder hacerlo me pondría enfermo, y nadie más apropiado que Kraus para buscar pleitos y provocaciones. Siempre tiene razón: “¿Qué? ¿Has decidido levantarte, gandul?”. Yo, en cambio, nunca la tengo: “Sí, sí, paciencia. Ya voy”. Quien está en el error tiene el suficiente descaro para exhortar a la paciencia al que está en lo cierto. Tener razón vuelve fogosa a la gente, mientras que no tenerla invita a mostrar siempre una placidez orgullosa y frívola. Quien practica apasionadamente el bien (Kraus) sucumbe siempre a aquel (en este caso, yo) cuyo corazón permanece indiferente ante lo bueno y lo útil. Yo salgo ganando porque me quedo un rato más en la cama, y Kraus tiembla de rabia porque ha de seguir llamando inútilmente a mi puerta, echando pestes y gritando: “¡Vamos ya, Jakob, levántate! ¡Arriba! ¡Dios mío, qué vago eres!”. ¡Ah, qué simpática me cae la gente enojadiza! Kraus se enfada a cada instante. ¡Qué cosa tan estupenda, tan divertida, tan noble! ¡Y los dos nos complementamos tan bien! A un enojado tiene que oponerse siempre un pecador, si no faltaría algo. Cuando por fin me levanto, me hago el que estoy en Babia. “Ya está el muy gandul papando moscas, en vez de arrimar el hombro”, dice entonces. ¡Fabuloso! Los gruñidos de un renegón me parecen más melodiosos que el murmullo de un arroyuelo del bosque, encendido por el espléndido sol de una mañana de domingo. ¡Hombres, sí, nada más que hombres y más hombres! Lo siento intensamente: amo a los seres humanos. Sus locuras y enojos súbitos me son más queridos y preciosos que los más grandes prodigios de la naturaleza. Todas las mañanas, antes de que nuestros superiores se despierten, los alumnos tenemos que arreglar el aula y el despacho. Cumplimos esta tarea por turnos de a dos. “¡Venga, levántate! ¡Arriba!” O bien: “¡Basta de remoloneos!”. O también: “¡Vamos, arriba! ¡Levántate, que ya es la hora! Hace rato que deberías estar escoba en mano”. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Y cómo quiero a Kraus, a este Kraus eternamente enojado!”

                                                                 ROBERT WALSER, Jakob von Gunten

Robert Walser (Suiza, 1878-1956) se marchó de la casa paterna a los 17 años y ejerció todo tipo de empleos para subsistir, a la vez que escribía: empleado de banca, sirviente o secretario. En 1929, entró en la clínica psiquiátrica de Waldau, en Berna, donde siguió escribiendo hasta 1933, cuando fue trasladado a otra de Herisau. Allí permaneció hasta la navidad de 1956, en que fue encontrado muerto en la nieve. Fue autor de una extensa obra, con tintes autobiográficos, caracterizada por un estilo propio e inconfundible, poético, lleno de digresiones y de observaciones burlonas. Además de multitud de relatos cortos y de poesía, sus principales novelas o textos son Los hermanos Tanner, Jakob von Gunten, El ayudante, El bandido, La rosa y El paseo. Póstumamente han aparecido, al fin descifrados, sus Microgramas, una serie de notas, esbozos y observaciones, datados entre 1924 y1933, que el autor escribía en papeles sueltos, y con una letra minúscula, sin ánimo de publicarlos. Fue admirado por grandes escritores, como Robert Musil o Franz Kafka. La difusión en España de su obra se inició cuando el editor y poeta Carlos Barral publicó, en Barcelona, en 1974, su novela más querida, Jakob von Gunten, sobre un instituto en el que se aprendía a obedecer.

Nuestro compañero Alberto Rubio ha propuesto el texto que publicamos esta semana. He aquí su comentario:

El tono general de la obra de Robert Walser y, en particular, de esta preciosa novela, Jakob von Gunten, oscila entre la tierna resignación de un espíritu puro, que encuentra su puesto natural entre los desposeídos, y el entusiasmo infantil que a menudo le causa la belleza gratuita del mundo y el trato con los otros. Se oye decir a veces que el individuo genial tiene una parte de sí anclada para siempre en su infancia, una cualidad que no es exactamente inmadurez, sino una especie de privilegio por el que se le permite conservar el tesoro que normalmente perdemos al crecer. Tal fue, dicen, el caso de Mozart. Sin duda lo fue también el de Robert Walser. De él me gusta especialmente esa ironía suya, nunca ácida o punzante, sino llena de afecto, compasión y perdón. Su estilo poético se torna, en ocasiones, onírico, sirviendo en esto de modelo a Kafka. Por otro lado, la rara distinción que le otorga lo que podríamos llamar su “vocación de fracaso”, le hace también parecer intensamente interesante.  

En el siguiente vídeo, el escritor Enrique Vila-Matas comenta la obra de Robert Walser:

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