FIN DE CURSO Y CUARTO CUADERNILLO DE LA PAUSA SEMANAL

Finalizamos este curso y os dejamos nuestro pequeño regalo: el cuadernillo en el que se recogen todos los textos publicados durante este año escolar 2014-15.

Esperamos que vuestras vacaciones sean largas, estén llenas de lecturas y que nos volvamos a encontrar en septiembre.

CUADERNILLO 14-15

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EL INGENIERO POÉTICO

¡Viva el ingeniero poético!

El ingeniero

que construye caminos

y canales y puertos

en el alma, en el mundo

de la libertad,

en el mar

de los sueños.

¡Viva el ingeniero

de la vida interior,

el telecomunicador

del sentimiento, de la aventura,

el industrializador

de la fantasía y del instinto

creador,

el inspector

de la música, del concierto

que nace de los sentidos

y se une al rumor

de las aves y de los bosques,

de los océanos!

Viva el ingeniero

que anima la soledad,

el silencio,

el ingeniero soñador,

el soñador ingeniero.

Viva el ingeniero poético,

el antiseñor,

el diseñador

de las alas del hombre

volador

sobre la alegría, sobre el dolor,

el ingeniero de la belleza,

el verdadero honor.

De qué nos sirven esos canales

y esos puentes,

el continente

del mundo exterior,

esos puertos

que la locura de la Razón

construye sobre nuestro ingenuo

vivir si no construimos

el mundo de nuestro temblor,

de nuestro

encendernos y apagarnos,

del inmenso y escondido amor,

el contenido

de nuestra pasión.

¡Viva el ingeniero liberador

de las fronteras, de las cárceles,

de pensamiento perverso,

de la enajenada canción,

de todos los edificios

siempre en construcción!

De qué nos sirve el ingeniero,

el zapador

dominante del mundo si ese mundo

confunde nuestros sueños,

divide nuestras vidas,

ahoga nuestra inocencia

y ciega nuestro sol.

¡Viva el ingeniero poético

y la madre -la Poesía-

-sí- que lo parió.

JESÚS LIZANO

Jesús Lizano nació en Barcelona en 1931 y acaba de fallecer, el 27 de mayo de 2015. Fue profesor de Filosofía en un instituto, pero muy pronto se dedicó a su vocación poética, dejando una extensa obra que reunió en Lizania. Aventura poética 1945-2000. Fue uno de los poetas fundamentales de la década de los cincuenta. Después de un tiempo de ostracismo, en los años ochenta reapareció y se dedicó a viajar por diferentes ciudades en las que ofrecía recitales en directo. A lo largo de su trayectoria pasó por distintas etapas: cristiana, existencialista, marxista y finalmente libertaria. Lizano se consideraba un anarquista poético, escribía una poesía social y humana de y para el pueblo, pues entendía que su obra no era para él, sino para acercar a los seres humanos el mensaje que recibe el poeta del ámbito natural. Defendía lo que denominaba “Misticismo Libertario”, la evolución desde el Mundo Real Salvaje donde se encuentran todos los animales, excepto la especie humana, que ahora está estancada en el Mundo Real Político, en su camino hacía el Mundo Real Poético, la acracia. Publicaba periódicamente “La columna poética y el pozo político” en la revista libertaria Polémica editada en Barcelona. En Cartas abiertas al poder literario, escritas a lo largo de 20 años, denunció la marginación de su obra y el dominio que ejerce todo poder sobre la cultura.

Mercedes Luchena ha propuesto a este autor, con el que finalizamos nuestra Pausa Semanal del presente curso. El texto se incluye en su obra Novios, mamíferos y caballitos (A la Acracia por la inocencia). Podéis descargaros este libro en el siguiente enlace:

Novios, mamíferos y caballitos

También podéis escuchar al poeta recitando en este vídeo:

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Canción del olvido

 

El color de los ojos de aquel amor de niño.

El calor del primer beso, que no consigo

recordar, aunque sé que debió de haber sido

inolvidable. Tantos compañeros y amigos

de colegio o de farra, que un día fueron íntimos.

El latín. Tantos nombres de montañas y ríos.

Tantas duras lecciones. Tantos y tantos libros,

con pasión devorados, siempre abiertos, leídos

y olvidados, igual que olvidamos caminos,

propósitos, heridas, afectos y cariños,

paisajes y rostros que el tiempo ha diluido.

Cuando la vida pasa, son tantos los olvidos.

JAVIER SALVAGO

Javier Salvago es un poeta y guionista español nacido en Paradas, Sevilla, en 1950. Forma parte del grupo Poesía de la experiencia, junto a importantes poetas como Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Carlos Marzal y Vicente Gallego. Desde mediados  de los años ochenta se desempeña como guionista en radio y televisión. Su obra poética está contenida en los siguientes títulos: Canciones del amargo y otros poemas en 1977, En la perfecta edad en 1982, Variaciones y reincidencias en 1985, Momentos en 1987, El oleaje de la llama en 1988, Volverlo a intentar en 1989, con el que obtuvo el Premio de la Crítica de poesía castellana; Los mejores años en 1991, Ulises en 1996, Un lugar en la tierra en 2006 y Memorias de un antihéroe en 2007. Ha obtenido importantes  galardones por su trayectoria profesional, además de los premios de poesía Rey Juan Carlos I  y  Luis Cernuda.    

En esta ocasión es Cristina Castilla quien nos propone este poema. Así lo justifica:

Se acerca el final de curso para nuestro alumnado de 2º de Bachillerato, que cierra una etapa importante en sus estudios y en sus vidas. Atrás quedan vivencias y experiencias que, en mayor o menor medida, marcarán su camino y conformarán los pilares de su recién estrenado mundo de adultos, en el que empiezan a sonar los primeros acordes.

A todos ellos, les dedicamos este poema de Javier Salvago, con la esperanza de que la vida les muestre su rostro más amable y los vientos les sean propicios; igualmente, es nuestro deseo que esta travesía por sus años de secundaria no se diluya en el olvido y dibujen su recuerdo con los colores del afecto y del cariño.

¡Buen viaje y buena suerte!

En el siguiente vídeo podéis ver una entrevista con el autor:

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EL DEBER DE LOS PADRES

 

EN Borriquitos con chándal, un ensayito, ya clásico, de principios de siglo, Rafael Sánchez Ferlosio contradecía el mantra principal de que la vida pública invade a cada paso la privada cuando lo real, y desasosegante, es exactamente la viceversa, esto es, la usurpación de lo público por mil fobias privadas e innegociables. La observación no solo era justa, sino profética: quince años después de escrita se aprecia su verdad hasta en las formulaciones más idiotas, como esa del periódico personalizado. Pero, tal y como aventuraba su título, el destino de la advertencia ferlosiana era la educación y, en lo que ahora me interesa, ese arrogarse de los papás y mamás «el derecho de mantener sometidos a constante control y vigilancia los criterios y las prácticas de un profesorado del que se consideran autorizados a desconfiar de modo sistemático».

El ejemplo del mes de este asalto es la iniciativa de una madre, Eva Bailén, que ha recogido hasta ahora 100.000 firmas digitales (después de unos años en franca decadencia, gracias a la educación y al progreso, ha aumentado espectacularmente el número de analfabetos que firman con el dedo) para que se «racionalicen» los deberes, es decir, para que se reduzcan y lo niños puedan jugar y seguir adelante con su llamada vida emocional. El asunto es recurrente en todos los países donde hay deberes y derechos. Los deberes son una grave molestia para los padres y ya no digamos si, como ocurre cada vez con más frecuencia, en la casa solo hay uno. Lo ideal y cómodo sería que los deberes se consideraran una actividad extraescolar más, como el bádminton o el oboe, encargada a los especialistas. Pero la mala conciencia paterna no admite esa externalización y corta por lo sano: fuera deberes. Lo que, obligatoriamente, afecta al plan lectivo diseñado por los profesores y supone una invasión más de su competencia, coherente con esa extendida consideración de la escuela como aparcamiento.

El creciente contrapoder parental proyectado sobre la escuela (toques de corneta digitales y esos temibles y entrometidos grupos de padres en Whatsapp) no solo afecta gravemente a la experiencia del niño, que cada vez percibe menos la escuela como un lugar distinto, extraño y difícil, donde tomar conciencia de lo público, sino que está lógicamente vinculado a la imparable pérdida de autoridad del profesorado. Y a los desoladores resultados intelectuales que esta pérdida de autoridad supone.

ARCADI ESPADA

Arcadi Espada nació en Barcelona en 1957. Es licenciado en Ciencias de la información y ha colaborado en diversos medios escritos, como Mundo Diario, El noticiero Universal, La Vanguardia, Diario de Barcelona, El País y El Mundo. También colabora en el programa de Onda Cero Herrera en la Onda. Ha recibido varios premios, como el Francisco Cerecedo, por su obra Raval: del amor a los niños; el Ciudad de Barcelona de Literatura por Contra Catalunya y el Espasa de ensayo por su estudio sobre los Diarios de Josep Pla. Entre 2009 y 2010 fue director del periódico digital Factual. En su obra destaca la crítica a muy diversas modalidades de escritura periodística, en lo que tienen de contaminación ideológica y traición a la objetividad. Comprometido políticamente, es uno de los promotores más conocidos de la plataforma cívica Ciutadans de Catalunya (Ciudadanos de Cataluña), que promovió la creación de un partido político, Ciudadanos, en el que no se integró y con el que se mostró muy crítico. También apoyó la creación del partido Unión Progreso y Democracia (UPyD). Su blog El mundo por dentro y por fuera recoge sus opiniones sobre los temas más diversos (http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elmundopordentro/).

Pilar Nevado nos propone este artículo de Arcadi Espada para hacernos reflexionar sobre el papel del profesorado y de las familias en la educación. En plena y polémica implantación de la reforma, creemos interesante considerar otro punto de vista más.

En el siguiente enlace podéis ver una entrevista con el autor del texto de esta semana:

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NÁUFRAGOS

 

Las turbinas del Europa se detuvieron con un sonido ronco. Sus 1.100 camarotes de lujo se escoraron levemente hacia estribor, donde se acumulaba el pasaje, movido por la curiosidad. Abajo, el oleaje amenazaba con hundir los restos de una embarcación harapienta, con 30 africanos a bordo. Alcanzaron la cubierta Windsor del crucero en buen estado físico, entre los aplausos y la emoción lógica de los pasajeros. El capitán les dio formalmente la bienvenida al Europa antes de hacer que se retiraran a descansar. “La ley del mar”, pensó para sus adentros, “se escribe hoy con la caligrafía limpia de la solidaridad”.

Pero pronto comenzaron los problemas. Un delegado de la compañía trasladó su preocupación al capitán de la nave. Sólo quedan libres cabinas de primera clase y cinco suites en la cubierta Neptuno. El capitán no alcanzaba a ver el problema, así que tuvieron que explicárselo. Puede que al pasaje no le parezca bien que, sin haber pagado, los africanos se alojen en camarotes de categoría superior a la de los suyos. Tal vez deberían trasladar a algunos de los pasajeros de clase turista a las de lujo y alojar a los náufragos en los camarotes que queden vacíos. El capitán trató de recordar qué decía la ley del mar al respecto, pero no consiguió recordarlo.

El departamento de relaciones públicas de la compañía se reunió con carácter de emergencia en su sede de Ginebra. No podían permitir que los inmigrantes caminaran en harapos por el crucero, por lo que miembros de la tripulación les acompañaron a las boutiques de la cubierta Milano, donde cada uno de ellos podría elegir una camisa, un pantalón y algo de calzado. Elegantemente vestidos de Armani y Ralph Laurent, paseaban por las cubiertas del Europa, ya recuperados. En los ojos del pasaje reconocieron el respeto, la conmiseración y el miedo. Les hicieron muchas fotografías, y en todas sonrieron.

Los náufragos fueron repartidos esa noche entre las mesas de los invitados, en las que fueron recibidos con diversos grados de entusiasmo. Un experto en materia de inmigración, que disfrutaba de unas merecidas vacaciones con su esposa e hijos, explicaba a Khaled, mientras servían los entrantes, la necesidad de las leyes de extranjería y los cupos de entrada, los efectos de los planes de regulación a medio y largo plazo y las perniciosas consecuencias del efecto llamada, pero Khaled no parecía comprenderle y se disculpaba por ello; a fin de cuentas, nunca recibió educación, una guerra partió en dos su adolescencia, y la miseria en su país hizo que nunca antes pudiera salir al extranjero.

En todo caso, en la mayor parte de las mesas se estuvo de acuerdo en que era la necesidad la que les hacía arriesgarlo todo en el mar, y hubo consenso en cuanto a lo necesaria que era su presencia en nuestros países. A fin de cuentas, se dijo también, alguien tiene que hacer el trabajo de mierda que nadie quiere hacer ya en Europa. Y además elevan nuestro índice de natalidad, añadió alguien en otra mesa, comentario éste que obtuvo la aprobación de todos.

Los problemas empezaron cuando comenzaron a comerse el paté con mermelada que el servicio del barco repartió por las mesas. Y no hicieron más que agudizarse cuando la hija adolescente de un empresario francés comenzó a mostrarse más atraída de lo que la ley del mar recomienda por la ingenua voracidad de Adewale, un subsahariano musculoso de piel negra, casi azul, al que la camisa Ralph Laurent le sentaba, y en eso hubo también consenso, más que bien. “Me parece bien que eleven nuestro índice de natalidad, pero no a costa de mi hija”, debió de pensar la madre de la atractiva joven antes de cambiarla de asiento, alejándola de las aguas territoriales del africano y su poderosa influencia.

Para los postres, mientras el capitán daba la bienvenida a los recién llegados al Europa con un micrófono, el equipo de relaciones públicas reorganizaba las mesas agrupando a todos los náufragos en una, con el único fin de evitar problemas de orden intercultural.

Los africanos disfrutaron así del postre en su particular gueto de hilo blanco. Luego fueron conducidos a la discoteca Rumor Latino. Allí, Adewale buscó los ojos de la hija del empresario francés y encontró sus manos. Se besaron en la cubierta Tudor, bajo una luna que impresionó al náufrago por lo mucho que se parecía a la que había dejado atrás, en el cielo de su país.

Mientras tanto, una delegación de pasajeros se reunía con el responsable de la compañía. “Una cosa es que les salvemos la vida, y otra, que se queden con nuestros jacuzzis y con nuestras hijas”, vinieron a decirle, aunque utilizaron otras palabras. “La ley del mar está muy bien, pero interfiere con las leyes del mercado”, resumió el comercial cuando planteó al capitán el nuevo escenario, así lo llamó él. Poco después, los inmigrantes eran trasladados a uno de los almacenes de carga del barco, donde pasarían su primera noche en el Primer Mundo.

Y a la ley del mar pronto le sucedió la ley de la tierra.

Todos en la cubierta Mare Nostrum aplaudieron a los inmigrantes mientras descendían, vestidos aún de Armani, por la pasarela del barco. Khaled sonreía agradecido, mientras sus grandes ojos oscuros veían frente a él a las autoridades locales que aguardaban en el muelle, y que pronto habrían de devolverles a su país en guerra.

Cuando allí le preguntan hoy cómo es Europa, Khaled nunca contesta: piensa que no le van a creer. Pero recuerda a menudo la tarde que les llevaron al puente de mando del Europa y preguntó al capitán hacia dónde iban cuando les encontraron. “A ninguna parte”, respondió éste desconcertado. “El Europa es un crucero de placer”, añadió, y aunque trató de evitarlo, sonó a disculpa. Khaled aceptó educadamente la explicación, pero no la comprendió. “A ninguna parte”, pensó inquieto para sí: “los náufragos son ellos”.

FERNANDO LEÓN DE ARANOA

Fernando León de Aranoa - Seminci 2011.jpg

El guionista y director de cine Fernando León de Aranoa nació en Madrid en 1968. Allí se licenció en Ciencias de la Imagen. Ha publicado relatos, recopilados en el volumen titulado Aquí yacen dragones, y es también ilustrador. Comenzó trabajando como guionista en series y programas de televisión (Turno de oficio, Un, dos tres… responda otra vez) y escribiendo para humoristas como Martes y trece. Debutó como directos con el cortometraje Sirenas (1994), premiado en varios festivales, al igual que el resto de su obra, los largometrajes Familia (1996), Barrio (1998), Los lunes al sol (2002), Princesas (2005) y Amador (2010), por los que ha obtenido varios premios Goya y conchas de oro y de plata en el festival de San Sebastián. Su última película, que presenta en el festival de Cannes, se titula Un día perfecto y es un homenaje a los trabajadores humanitarios que ayudaron a la población en la guerra de Bosnia. Como documentalista ha dirigido en México Caminantes (2001) y uno de los capítulos del documental Invisibles (2007), concretamente el titulado Buenas noches, Ouma.

El relato que publicamos apareció en el diario El País el 26 de agosto de 2007 y ha sido seleccionado por Ángel Campillo. Han pasado los años, pero el problema que denuncia, lejos de solucionarse, sigue agravándose día a día. Podríamos decir que se trata de un relato con moraleja, sugerida en el paradójico final.

Os dejamos un vídeo en el que Fernando León presenta su libro de relatos Aquí yacen dragones.

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SI ALGUNA VEZ FUI PRÍNCIPE…

  

Si alguna vez fui príncipe
de la luz fue en tu reino…

Me coronaste con tu risa
en la tibia arboleda de tus brazos.
Hiciste para mí rosa la rosa,
pájaro el pájaro y cetro la alegría.

Agotaste los ojos mirándome dormir.
Por esto acaso fueron tan hermosos mis sueños.

A manos llenas me trajiste el mar,
ya para siempre compañero mío.

Fue mi primer paisaje el color de tu falda
y tu voz la primera canción de mi existencia.

La huella de mi pie cupo en la tuya.
Tú eras la dicha y yo te perseguía
con mi pequeño corazón de niño
por las orillas de los mares.

Durante mi reinado
el sol nunca se puso
y el mundo estuvo acorde.

… y un día te perdí sin saber cómo,
sin saber dónde, sin saber por qué.

Luego fui destronado.

Me golpeó el dolor con guantelete
de acero en pleno rostro.

Fui conducido al mundo, encadenado,
humillado y cegado, hambriento y mudo,
en la anónima noria de la vida.
No se me ahorró miseria ni desdicha.

Me encontré solo y escribí poemas.

Abdiqué de la luz.
Ahora soy viejo
y estoy perdido entre las sombras,
enredado en el tiempo y en la muerte,
como tú, madre mía…

ARTURO MACCANTI

Arturo Maccanti Rodrigues nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1934, hijo de padre italiano y madre de familia portuguesa, llegados a la isla pocos años antes. Estudió Derecho en la Universidad de La Laguna. En 1955 renunció a la nacionalidad italiana y obtuvo la española. En 1977 publicó De una fiesta oscura, a la que siguieron Cantar en el ansia (1982), No es más que sombra (1995), Viajero insomne (2000), Óxidos (2003), El volcán y la isla (2003), El mar (Una elegía) (2003) y Helor (2005). Recibió el Premio Canarias de Literatura en 2003. En 2005 el conjunto de su obra quedó reunido en el volumen Vivir sobre la vida. El tema fundamental de su obra es el paso del tiempo. El autor falleció en 2014.

 Ángel Campillo ha elegido este poema, que publicamos con algún retraso, para celebrar el día de la madre.

En el siguiente vídeo podéis encontrar una entrevista a este autor realizada por Juan Cruz.

 

 

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MIS QUERIDOS FILÓSOFOS

 

Ocurre a veces que uno necesita reconciliarse formalmente con la razón, días en que el mundo se vuelve opaco y el alma se siente huérfana de conceptos y anhelosa de armonía y claridad. Es el momento entonces de regresar a la filosofía. Y es que a veces el conocimiento intuitivo y emocional del arte y de la literatura empacha y cansa, quizá porque su empeño no es tanto esclarecer las cosas como enriquecerlas y, valga la paradoja, iluminarlas con nuevos enigmas, de modo que en la filosofía descansamos de ese oscuro entender y, por decirlo así, canjeamos por ideas claras y distintas nuestras perplejidades y vislumbres, como quien convierte su incierta mercadería en letras de cambio bien acreditadas.

Siempre he sido aficionado a la filosofía, y nunca me ha faltado un filósofo de cabecera. Cada momento ha tenido el suyo. Ha habido épocas de Nietzsche, de Ortega, de Spinoza, de Berkeley, de Heidegger, de Benjamin y Adorno, de Sartre y de Camus, y de tantos otros, y siempre de Schopenhauer, de quien nunca me canso, y por supuesto de Montaigne. De Montaigne me admira la suave y amena indagación que hace de sí mismo y de las cosas sencillas de su alrededor. Pocas veces nos dice nada que el lector no creyera haber pensado antes. La obviedad se convierte sin saber cómo en un hallazgo y en un don. Los pensamientos de siempre cobran en él el resplandor del primer día, y hasta sus muchas citas clásicas se nos revelan con toda la fuerza repentina de la novedad. De pronto descubrimos que todo en el mundo está por descubrir.

Así que uno es una especie de trotaconceptos, un vagabundo que en cualquier parte (un tratado de lo más sesudo, un artículo de periódico, una sentencia, hasta un refrán) encuentra hospedaje: es decir, encuentra el consuelo, y hasta la caricia maternal, de una idea que de pronto, como un relámpago en la noche, pone luz en el mundo. En cuestión de ideas, soy nómada. Apenas he conocido el placer de la creencia, y aún menos el de la militancia. Soy un viajero que hoy hace fonda aquí, y pide siempre el menú degustación, y que mañana continúa alegremente su camino. Como mero aficionado a la filosofía, me gusta además mi irresponsabilidad de lector, cosa que en la literatura me ocurrió solo en mis primeros años de juventud, cuando leía de todo, sin ley ni canon, y tenía tan buen apetito que no había libro o cómic al que le hiciera ascos. Por otra parte, yo suelo leer los textos filosóficos con cierto ánimo novelero, como si me contasen una historia cuyos personajes, héroes y malvados, son las ideas, y donde hay un argumento, un conflicto, una trama, una intriga, y hasta un desenlace desdichado o feliz. De filosofía, entiendo poco, y no aspiro a más, y en mis lecturas hace tiempo que renuncié a obtener cualquier botín teórico, lo cual me ofrece una levedad de lo más placentera. Vivo desde siempre en una alocada soltería filosófica.

Luego, otro día, resulta que te cansas y hasta reniegas de ese lenguaje y de esa luz, de esas pretensiones de alzar una torre de conocimiento tan alta como la de Babel, y regresas a la penumbra del arte y la literatura, y así vas, de los filósofos a los poetas, del razonamiento a la revelación, del no entender entendiendo al alivio, y acaso también al espejismo, de entender algo de una vez para siempre, y de reposar al fin en esa Ítaca tan inalcanzable que es la ilusión de la verdad. De las palabras que te guían a las palabras que te pierden.

Uno no sería ni la persona, ni el ciudadano, ni el lector y el escritor que es, sin la filosofía, sin esa fina lluvia de ideas, de pálpitos, de querellas intelectuales, de ecos dialécticos, que nos vienen del pasado y que se filtran en nuestra inteligencia y en nuestro corazón y que nos dotan de la clarividencia y el carácter necesarios para enfrentar críticamente el mundo y construir nuestra visión propia de la realidad, y que solo ahí, en ese gran río de conocimiento que es el legado de nuestros mayores, podemos encontrar. Esa es nuestra herencia, y no tenemos otra. En la filosofía (y, si se quiere, también en la literatura, que no es otra cosa que el patio de vecindad de las humanidades) está la llave de nuestra salvación como personas libres, lúcidas y mayores de edad.

Porque ocurre que del mismo modo que las facciones de nuestro rostro o las huellas de nuestros dedos son distintas, así también nuestro mundo interior y nuestra visión de la realidad son por fuerza exclusivos. Somos irrepetibles. Estamos condenados a ser originales. O mejor: en nosotros está la semilla de la originalidad, y de nosotros depende que caiga en buena tierra o que se agoste sin remedio. Pero para saber lo que valemos, y para lograr ser nosotros mismos, nos lo tenemos que ganar, y para eso es necesario un poco de soledad, de recogimiento, de esfuerzo, de lentitud… y de la ayuda de nuestros filósofos, de los de antes y de los de ahora, de los densos y de los ligeros, de los ceñudos y de los festivos, porque sin ellos estaremos condenados a la ignorancia y a la palabrería: carne de cañón.

Y he aquí que ahora, nuestros actuales gobernantes, no contentos con haber menoscabado la literatura en las escuelas, los libros en las bibliotecas y el teatro y el cine en las taquillas, han decidido también arrinconar a la filosofía, haciéndola meramente optativa, lo cual equivale a su extinción. ¿Qué muchacho, o qué padres de muchacho, van a elegir o a animar a elegir como asignatura la filosofía, que al fin y al cabo no sirve para nada, cuando se puede optar por otra materia más técnica y práctica, que acaso pueda servir para aspirar a un puesto de trabajo, por mísero que sea?

Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva. Hoy sabemos ya que, en asuntos de educación, de ciencia y de cultura, el sueño de la Transición produjo, si no monstruos, sí figuras grotescas. Al cabo del tiempo, al cabo de tantos proyectos y sueños de regeneración, uno contempla el panorama social y comprueba que, tras la apariencia y el barniz de la modernidad, seguimos siendo el mismo país ignorante y atrasado de siempre. Queda una gran minoría ilustrada, cómo no, pero se antoja poco logro para las oportunidades históricas que tuvimos y que una vez más desperdiciamos. Diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así. No de otro modo se puede interpretar el desprecio y la saña con que nuestros gobernantes persiguen a las humanidades en las escuelas y a la ciencia y a la cultura allá donde se encuentren. Como si hubieran recibido de ellas una afrenta que hay que vengar y reparar.

Seguimos, pues, como siempre en nuestra desdichada historia, a la espera de un Gobierno ilustrado, que crea de verdad en esa gran evidencia de que el progreso y la grandeza de un país se construyen por fuerza desde la educación. Algo que todo el mundo dice pero que nadie hace, quizá porque tampoco ellos, los mandatarios y demás malandrines, son amigos de la lectura y el estudio. Basta leer un par de horas a Montaigne, o cultivar el hábito de alternar, aunque sea solo de pasada, con nuestros queridos filósofos, para defendernos de la banalidad y desenmascarar y ponernos a salvo de los discursos baratos, tramposos, fatuos y hasta ridículos de la mayoría de nuestros políticos. Más que nunca, ante la ristra de elecciones que se nos avecinan, quizá esta sea la hora de regresar a la filosofía.

LUIS LANDERO

Luis Landero

Luis Landero nació en Alburquerque en 1948, hijo de agricultores que emigraron a Madrid. Desempeñó multitud de trabajos para costearse sus estudios de Filosofía y Letras en la Complutense, entre ellos el de profesor de guitarra flamenca. Ha ejercido como profesor de Lengua y Literatura en un instituto y de Arte Dramático en Madrid, aunque en la actualidad se encuentra jubilado. Su primera obra, Juegos de la edad tardía (1989) le valió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura. Otras novelas son Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz, El guitarrista, Retrato de un hombre inmaduro y El balcón en invierno. Ha reunido sus artículos en el libro ¿Cómo le corto el pelo, caballero? También ha escrito un ensayo, Entre líneas: el cuento o la vida. Se ha calificado su estilo de cervantino y hoy es uno de nuestros novelistas más destacados.

Mercedes Luchena ha compartido con nosotros este artículo, publicado en El País el 28 de abril pasado. Es una dura e interesante reflexión sobre la situación actual de la educación y la Filosofía en nuestro país.

Si os interesa conocer mejor a Luis Landero os proponemos el siguiente vídeo:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/pagina-2/pagina-2-luis-landero/2955201/

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