DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER.

     

   Vivías sola en una casa que adorabas y que yo también adoraba. Todas las mañanas te despertabas al alba, te preparabas tu malta y te la tomabas mirando el color de las nubes para saber qué tiempo haría. Luego dabas de comer a tus animalitos, ¿no?: a tu gato, a los gatos de los vecinos, a tus petirrojos, a tus patos y a todos los gorriones de la creación. Cogías las tijeras de podar y aseabas tus flores antes de asearte tú. Te vestías, y esperabas la visita del cartero o del carnicero […]. Hacia las once cogías tu cesta y te acercabas al café de Grivaud para comprar el periódico y tu pan de dos libras. Hace tiempo que ya no te lo comías, pero seguías comprándolo… Por costumbre… Y para dárselo a los pájaros… A menudo te encontrabas con una amiga de toda la vida que se había leído las esquelas antes que tú, y hablabais de vuestros muertos suspirando. Después, le dabas noticias mías. Aunque no  tuvieras… Para esa gente, yo ya era tan famoso como Bocuse, ¿verdad? Vivías sola desde hace casi veinte años, pero seguías poniéndote un mantel limpio, una vajilla bonita, una copa para el agua y flores en un jarrón. Si mal no recuerdo, en primavera eran anémonas; en verano, reinas margaritas y en invierno comprabas un ramo en el mercado, repitiéndote en cada comida que era muy feo y demasiado caro… Por la tarde te echabas una siestecita en el sofá, y tu gato aceptaba subirse a tus rodillas durante unos segundos. Luego terminabas lo que habías empezado por la mañana en el jardín o en el huerto. Ay, el huerto… Ya no hacías gran cosa allí, pero con todo aún te daba de comer un poco y no te gustaba que Ivonne comprara las zanahorias en el supermercado. Para ti, era el colmo de la deshonra…

     Las noches ya se te hacían un poquitín más largas, ¿verdad? Esperabas que te llamara, pero yo no lo hacía. Entonces encendías la tele, hasta que todas esas tonterías te dieran sueño. La publicidad te hacía despertar sobresaltada. Dabas una vuelta por la casa, arropándote bien en tu chal, y cerrabas las persianas. Ese ruido, el ruido de las persianas que crujen en la penumbra lo oyes todavía, y lo sé porque a mí me pasa igual. Ahora vivo en una ciudad tan agotadora que ya no se oye nada, pero esos ruidos, el de las persianas de madera y el de la puerta del cobertizo, me basta aguzar el oído para oírlos…

     Es verdad, no te llamaba, pero pensaba en ti, ¿sabes…? Y cada vez que iba a verte no necesitaba los informes de la santa de Yvonne que me llevaba aparte, apretándome el brazo, para comprender que todo esto se estaba yendo al garete… No me atrevía a decirte nada, pero me daba perfecta cuenta de que el jardín no estaba tan arreglado como antes, ni el huerto tan bien cuidado… Me daba cuenta de que tú ya no eras tan coqueta, que tu pelo tenía un color verdaderamente raro y que llevabas la falda del revés. Veía que tenías sucios los fogones, que los jerséis feísimos que seguías tejiéndome estaban llenos de agujeros, que llevabas medias descabaladas y que te dabas golpes con todo… Sí, no me mires así, abuela… Siempre he visto esos cardenales enormes que intentabas esconder debajo de tus rebecas…

     Te podría haber dado la tabarra mucho antes con todo esto… Obligarte a ir al médico, y regañarte para que dejaras de cansarte jardineando con esa vieja azada que ya no podías ni levantar; habría podido pedirle a Ivonne que te vigilara, que te controlara y me mandara los resultados de tus análisis de sangre… Pero no, me decía a mí mismo que era mejor dejarte en paz, y que cuando ya no estuvieras bien, por lo menos no te arrepentirías de nada, y yo tampoco… Por lo menos habrías vivido bien. Feliz. Tranquila. Hasta el final.

 ANNA GAVALDA

 

 

 

Anna Gavalda (1970) es una escritora y periodista francesa que en 1992 ganó el Premio France Inter con La plus belle lettre d’amour (La carta de amor más hermosa). Mientras trabajaba como periodista, publicó una colección de relatos cortos en 1999 con el título de Je voudrais que quelqu’un m’attende quelque part (Quisiera que alguien me esperara en algún lugar), que tuvo un gran éxito de crítica y ventas y resultó ganadora del Grand Prix RTL-Lire en el año 2000. Su novela Je l’aimais (La amaba) fue publicada en 2002 y la consagró a nivel internacional al ser un éxito de ventas en 21 países. Ese mismo año publicó la novela juvenil 35 kilos d’espoir (35 kilos de esperanza), que escribió recordando a los estudiantes que no rendían en la escuela pero eran personas fantásticas. Publicada en 2004, la novela Ensemble, c’est tout (Juntos, nada más), de la que hemos extraído el texto que publicamos, trata sobre las vidas de cuatro personas que conviven en un apartamento: una joven artista que trabaja de limpiadora por la noche, un aristócrata peculiar e insociable y un cocinero y su abuela. Fue otro éxito de ventas y recientemente ha sido llevada al cine.

Este texto ha sido elegido por Margarita Maestre para celebrar el Día Internacional de la Mujer, que este año dedicamos a las abuelas, tan importantes en la vida de cualquier persona y a veces tan olvidadas. Se asemeja a muchas de las cartas que estos días han escrito nuestros alumnos al recordar la vida callada y autosuficiente de su abuela, su amor por los nietos y su declive final.

En el siguiente vídeo, podéis escuchar a Pablo Milanés recordando y cantando a su abuela:

Y otro más, que pudimos ver en nuestro particular homenaje a las abuelas gracias a José Antonio Álvarez Enamorado:

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