EN EL CAMINO

montañas

Había estado estudiando mapas de los Estados Unidos en Paterson durante meses, incluso leyendo libros sobre los pioneros y saboreando nombres como Platte y Cimarrón y otros, y en el mapa de carreteras había una línea larga que se llamaba Ruta 6 y llevaba desde la misma punta del Cabo Cod directamente a Ely, Nevada, y allí caía bajando hasta Los Ángeles. Sólo tenía que mantenerme en la 6 todo el camino hasta Ely, me dije, y me puse en marcha tranquilamente. Para llegar a la 6 tenía que subir hasta el Monte del Oso. Lleno de sueños de lo que iba a hacer en Chicago, en Denver, y por fin en San Francisco, cogí el metro en la Séptima Avenida hasta final de línea en la Calle 243, y allí cogí un tranvía hasta Yonkers; en el centro de Yonkers cambié a otro tranvía que se dirigía a las afueras y llegué a los límites de la ciudad en la orilla oriental del Río Hudson. Si tiras una rosa al Río Hudson en sus misteriosas fuentes de los Adirondacks, podemos pensar en todos los sitios por los que pasará en su camino hasta el mar… imagínese ese maravilloso valle del Hudson. Empecé a hacer autostop. En cinco veces dispersas llegué hasta el deseado puente del Monte del Oso, donde la Ruta 6 traza un arco desde Nueva Inglaterra. Empezó a llover a mares en cuanto me dejaron allí. Era un sitio montañoso. La Ruta 6 cruzaba el río, torcía y trazaba un círculo, y desaparecía en la espesura. Además de no haber tráfico, la lluvia caía a cántaros y no había ningún sitio donde protegerme. Tuve que correr bajo unos pinos para taparme; no sirvió de nada; me puse a gritar y maldecir y golpearme la cabeza por haber sido tan idiota. Estaba a sesenta y cinco kilómetros al norte de Nueva York; todo el camino había estado preocupado por eso: el gran día de estreno sólo me había desplazado hacia el Norte en lugar de hacia el ansiado Oeste. Ahora estaba colgado en mi extremo Norte. Corrí medio kilómetro hasta una estación de servicio de hermoso estilo inglés que estaba abandonada y me metí bajo los aleros que chorreaban. Allí arriba, sobre mi cabeza, el enorme y peludo Monte del Oso soltaba rayos y truenos que me hacían temer a Dios. Todo lo que veía era árboles a través de la niebla y una lúgubre espesura que se alzaba hasta los cielos.

Jack Kerouac On the road

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Jean-Louis Kerouac (1922-1969) fue un novelista y poeta estadounidense integrante de la Generación Beat, de la que es considerado “King of the Beats”. Su obra On the Road (En el camino) se considera el manifiesto de esta generación de autores. Es su novela más conocida, una oda a los grandes espacios y al descubrimiento de un nuevo mundo. Otras novelas basadas en sus viajes son Los vagabundos del Dharma, Big Sur o El viajero solitario. Kerouac vivió toda su vida entre la casa de su madre, en Massachusetts, y sus viajes por amplios espacios de Estados Unidos. Tal vez por ello le fue difícil encontrar un lugar en el mundo y este hecho provocó su rechazo de los valores tradicionales vigentes en los años 50, el mismo que daría lugar al movimiento Beat. En sus escritos buscaba un sentido a la existencia, tanto como liberarse de las asfixiantes convenciones sociales. Ello lo llevará a caer las drogas o el alcohol y también a la espiritualidad zen. Se denominó a sí mismo “jazz poet”. La pasión carnal era para él “la puerta del paraíso” y abominaba de las guerras (“solo las personas amargas desprecian la vida”), por lo que se le considera un precedente del movimiento hippie de los años 60.

El ritmo de su estilo, llamado por él mismo “prosa espontánea”, ha inspirado, entre otros muchos artistas y escritores, a Bob Dylan. También ha influido en el género cinematográfico denominado road movie, especialmente por su técnica narrativa.

Rafael Jiménez nos propone hoy este texto y lo acompaña de esta interesante reflexión:

La obra y el autor elegidos son fundamentales en la generación beat de los EE.UU., un movimiento  de los años 50 precursor de la cultura hippie. Además se trata de un libro de viajes, género que ha calado bastante en el cine, ese “séptimo arte” que tanto nos ha marcado, mediante las llamadas “road movies”. Pero el viaje, los viajes, siguen teniendo ese carácter aventurero e iniciático que tanto nos fascina. Me gusta viajar.

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