NO QUIERO

No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.

No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.

No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.

No quiero
que el labriego trabaje sin agua
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.

No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños les pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.

No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas
que en los trajes se pongan señales.

No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro;
que jamás se disparen fusiles
que jamás se fabriquen fusiles.

No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos
que decreten lo que es poesía.

No quiero amar en secreto,
llorar en secreto
cantar en secreto.

No quiero
que me tapen la boca
cuando digo NO QUIERO…

ÁNGELA FIGUERA AYMERICH

         Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984) se suele incluir en la llamada “Poesía desarraigada” de la primera generación de poetas de la postguerra. Fue profesora de Lengua y Literatura en un instituto de Huelva, donde nacería muerto su primer hijo, fruto de su matrimonio con el ingeniero Julio Figuera Andú. Su segundo hijo nació vino al mundo en medio de un bombardeo “con salvas, como los reyes”. La familia, de ideología republicana, fue evacuada en 1937 a Valencia. Ángela fue destinada al instituto de Alcoy y después a Murcia. Al finalizar la guerra fue represaliada, por lo que perdió su plaza y el título universitario, además de todos sus bienes. Se trasladaron a Madrid y sufrieron una durísima posguerra. La autora comenzó entonces a escribir, animada por su marido. En 1948 publicó Mujer de Barro y un año después Soria pura. Es una poesía simbolista que dio paso después a una “etapa preocupada”, en que trata sobre el absurdo de la existencia, la falta de libertad, la miseria y la guerra. En 1952 empezó a trabajar en la Biblioteca Nacional y poco después se incorporó al servicio de “bibliobuses”, que llevaba la cultura a los barrios marginales y periféricos de Madrid. Publicó en México, por temor a la censura, Belleza cruel (1958). En 1961 se reúne con su marido en Avilés, donde este trabajaba. Al jubilarse, se trasladan a Madrid, pero el ambiente cultural ha cambiado. La escritora se muestra crítica con la manera de plantear la transición democrática. Sus Obras completas se publicaron póstumamente, en 1968. En su poesía, la mujer aparece como esposa y madre, pero también como sujeto activo del cambio social. Se ha calificado como “existencialismo solidario”. 

Como cada año, en el Día Internacional de la Mujer, seleccionamos un texto alusivo a la efemérides. Nos parece que en este, Ángela Figuera Aymerich define una manera de entender el mundo con la que nos sentimos identificadas aún hoy muchas mujeres.

Aquí tenéis el poema recitado y acompañado de imágenes:

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