TU AUSENCIA

          Y ahora que ya todo ha pasado, aquí me tienes: solo; sin ti. En un mundo vacío.

          Quiero escribirte –pobre remedio a la ausencia- y lo que te escribo es: “sin ti, mi amor, el mundo está vacío”; una frase, que también ella sonará a hueco.

          Pero ¡qué hacerle! La intensidad del sentimiento tiende a producir frases grandilocuentes, floraciones retóricas que pronto se mustian y –como la vida misma- terminan por convertirse en una burla del sentimiento que las produjo, cuando quizá lo que a uno le llena de tan dolorosa felicidad amenazando saltar las cuerdas del arpa dentro de su pecho, esto que tú y yo llamamos amor, acaso sea algo tan sencillo como el deseo de estar siempre juntos, y la capacidad de estarlo: juntos día y noche, noche y día, sin notar que el tiempo pasa; y en efecto, haber suspendido el tiempo, excluirlo de nuestro círculo, y estarnos mirando el uno en el otro como dos tontos.

          Ahora que el círculo se ha roto, y tiendo mi mano sin encontrar la tuya, y mis ojos asustados tropiezan y se golpean en las cosas y no aciertan a dar con esa profundidad de tu mirada donde quisieran hundirse, y siento que estoy solo en un mundo deshabitado, me pregunto cómo ha podido aquel mundo hermoso vaciarse así tan de repente. Tu amor no se ha extinguido; el mío sigue ardiendo con furia, aún cuando lo que era felicidad dolorida se haya tornado a la distancia en dulce sufrimiento. Volveremos a reunirnos –lo sé- y, otra vez el uno en el otro, nuestro abrazo mágico se cerrará de nuevo. Pero entre tanto me pregunto yo: ¿Cómo ha podido de pronto –si ello no es una frase retórica- quedárseme tan vacío el mundo? Creo en ti; tengo el amor, y tengo la esperanza. ¿Qué será, pues lo que tanto me falta? Y descubro entonces…

          No, no es algo que pueda expresarse con palabras grandiosas o solemnes, pues en verdad se trata de meras nimiedades, de tonterías. ¿Sabes qué? Es, por ejemplo, el haber observado que al bajar de nuestro cuarto te miras en el espejo de la escalera, y llamarte presumida, y comprobar que a la vez siguiente evitas con cuidado el espejo. Es el sentir que, dormida sobre mi pecho, me oprime tu mano si, aun con la mayor suavidad, intento moverme. Es el echarnos a andar después de haber repasado minuciosamente la cartelera de espectáculos para decidir a qué cine iremos esta tarde y una vez fijado nuestro plan, sentarnos acaso en un banco del paseo, o en una confitería, y dejar que la tarde se nos vaya sin hacer nada. Es el estar esperando yo que vengas a tomar el café del desayuno y –con mi impaciencia de siempre- decirte, mientras desprendo la punta de mi croissant, que el café se enfría, “ya voy”. Es contemplarte cuando, con una atención muy concentrada, te pones crema en la cara o trazas una sombra en tus ojos, y llamarte “payasita mía”, y ver cómo finges tú enojarte de que te haya espiado a través del espejo. Es adivinarte los pensamientos; es saber que tú estás adivinando los míos; y reírnos a la vez sin habernos dicho nada; es acariciar con la vista y con la mano esa curva de tu espalda cuando te inclinas para vestirte; es buscar juntos en la alfombra el alfiler que se te ha caído; es gozar contigo de tanta paz bajo aquellos árboles del parque, o en el puente del río, o parados ante la vitrina de una bisutería; es…

          Sí, eso es lo que me falta; y con faltarme eso me falta todo. Tonterías, quién lo duda; pero sin ellas el mundo que alrededor gesticula, discursea, se agita lleno de atentados, de reivindicaciones sociales, de accidentes, de programas, es para mí tan solo una lejana e incolora fantasmagoría.


FRANCISCO AYALA

Francisco Ayala nació en Granada en 1906 y murió en Madrid en 2009. Fue literato, teórico del Derecho, de la política y sociólogo. Conoció el exilio, como tantos otros, tras la Guerra Civil española. Lejos de dejarse llevar por la desesperación, el rencor o la melancolía que esta experiencia pudiera despertar en él, fue capaz de mirar de frente el momento que le tocó vivir y de analizarlo, de pensar sobre él como única manera de poder hacer frente a esa primera mitad del siglo XX. “Época en crisis” la denominó en incontables ocasiones, pues lo anterior no valía, pero tampoco las nuevas soluciones totalitarias que se estaban dando. Él, profundo liberal, habló siempre de la importancia de adaptar los derechos humanos, propios de los regímenes liberales, a las situaciones del momento presente, para que fueran nuestra pauta real a la hora de actuar, pues veía importante que bajo cualquier circunstancia se siguiera respetando al individuo en  libertad, en igualdad y en cooperación con los demás.

Entre sus novelas y relatos destacan las obras Los usurpadores (1949), Muertes de perro (1958) y El fondo del vaso (1962), que abordan el tema de las dictaduras. El jardín de las delicias (1971) es una narración autobiográfica de tono lírico de la que está extraído el fragmento que publicamos hoy.

María Arenas ha escrito esta nota biográfica y seleccionado este texto:

Vayan estas notas sobre Francisco Ayala para rendirle un pequeño homenaje por el aniversario de su nacimiento en Granada el 16 marzo de 1906.

También nos propone ver el siguiente vídeo, con una entrevista grabada el día en que el autor cumplió 100 años. Sorprende comprobar con qué lucidez se expresa, a pesar de su edad.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/escritores-en-el-archivo-de-rtve/entrevista-francisco-ayala/621494/

Ilustramos esta entrada con la obra de El Bosco El jardín de las delicias.

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