EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

  

        Así, aun en los momentos en que no tenía ocasión de obrar el bien, la princesa trataba de demostrar, o, mejor dicho, de hacer creer por todos los signos exteriores del lenguaje mudo, que no se tenía por superior a las personas en medio de las cuales se hallaba. Tenía para cada una esa encantadora cortesía que tienen para con las inferiores las gentes bien educadas, y a cada momento, por hacerse útil, corría su silla con objeto de dejar más sitio, me tenía los guantes, me ofrecía todos esos servicios, indignos de las orgullosas burguesas y que prestan de muy buen grado las soberanas, o, instintivamente y por hábito profesional, los criados viejos.

            Ya, en efecto, el duque, que parecía tener prisa por acabar las presentaciones, me había arrastrado hacia otra de las muchachas-flores. Al oír su nombre, le dije que había pasado por delante de su castillo, no lejos de Balbec. “¡Oh, cómo me hubiera gustado enseñárselo!”, dijo, casi en voz baja, como para mostrarse más modesta, pero en un tono sentido, penetrado por entero del pesar por la ocasión perdida de un placer especialísimo; y añadió con una mirada insinuante: “Espero que no todo se haya perdido. Y debo decir que lo que más le habría interesado a usted es el castillo de mi tía la de Brancas; fue construido por Mansard; es la perla de la provincia”. No era sólo ella la que se hubiese puesto contenta con enseñarme su castillo, sino su tía la de Brancas, quien no hubiera estado menos encantada de hacerme los honores del suyo, según me aseguró esta dama, que pensaba evidentemente que, sobre todo en un tiempo en que la tierra tiende a pasar a manos de financieros que no saben vivir, importa que los grandes mantengan las altas tradiciones de la hospitalidad señorial, con palabras que no comprometen a nada. Era, también, porque procuraba, como todas las personas de su medio, decir las cosas que mayor placer podían causar al interlocutor, darle la más alta idea de sí mismo, que creyese que halagaba a aquellos a quienes escribía, que honraba a sus huéspedes, que la gente ardía en deseos de conocerle. Querer dar a los demás esta idea agradable de sí mismos es cosa que existe a veces, a decir verdad, incluso entre la misma burguesía. Encuéntrase, en ella, esta disposición benéfica, a título de cualidad individual compensadora de un defecto, no, ¡ay!, en los amigos más seguros, pero sí, por lo menos, en los compañeros más agradables. Florece, en todos los casos, completamente aislada. En una parte importante de la aristocracia, por el contrario, este rasgo de carácter ha dejado de ser individual; cultivado por la educación, sostenido por la idea de una grandeza propia que no puede temer humillarse, que no conoce rivales y sabe que por diversión puede hacer dichosos a algunos y se complace en hacerlos tales, ese rasgo ha pasado a ser el carácter genérico de una clase. Y aun aquellos a quienes defectos personales demasiado opuestos impiden conservarlo en su corazón, llevan la huella inconsciente de él en su vocabulario o en su gesticulación.

MARCEL PROUST

En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu) es una novela del escritor francés Marcel Proust -cuya biografía ya incluimos en otra entrada de este blog- escrita entre 1908 y 1922 que consta de siete partes, publicadas entre 1913 y 1927, las tres últimas de las cuales son póstumas. Es ampliamente considerada una de las cumbres de la literatura francesa y universal. Más que del relato de una serie determinada de acontecimientos, la obra se centra en la mente del narrador: sus recuerdos y los vínculos que crean.

Las siete partes de esta obra son: Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, a la que pertenece el fragmento que publicamos, Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva, a veces llamada Albertine desaparecida, y El tiempo recobrado (1927).

En Busca del Tiempo Perdido es una novela autobiográfica de un escritor novel. Prácticamente todos, si no todos, los personajes que aparecen en ella son transposiciones literarias reinventadas de personajes reales conocidos por Proust: desde Swan hasta el propio narrador, álter-ego de Proust, lo cual le granjeó la enemistad de algunos amigos de la alta sociedad. Es difícil recordar a un autor anterior a Proust que haya escrito tan prolijamente sobre la homosexualidad, masculina y femenina. Ello le confiere una gran modernidad para la época en que la novela fue escrita. Proust era homosexual pero sus convicciones religiosas por un lado, y la presión familiar y social por otro, lo obligaron a vivir su homosexualidad secretamente.

Lo más característico de su estilo son las frases muy largas, poco frecuentes en la literatura de su época.

Alberto Rubio ha elegido este texto, perteneciente a una obra que se publicó por primera vez el 14 de noviembre de 1913, y nos ha explicado sus motivos:

Entre los muchos deleites que ofrece la gran obra de Proust En Busca del Tiempo Perdido está la descripción, hasta en los más delicados matices, de los usos sociales del mundo que su autor conoció. El ejercicio de los buenos modales como signo de distinción social, algo de lo que, a los que tenemos ya muchos años, nos llegó un eco en nuestra juventud y que hoy parece desaparecido de la faz de la tierra, se retrata en el siguiente pasaje con la deliciosa ironía y el pesimismo velado por el humor tan característicos de Proust. El pasaje se inserta en el tomo tercero, El Mundo de Guermantes, cuando el joven protagonista asiste a una de sus primeras veladas en un medio aristocrático.

Podéis leer el tercer libro de la gran obra de Proust, al que pertenece el fragmento, aquí:

Proust, Marcel – 3 El mundo de Guermantes

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