VIVO SIN VIVIR EN MÍ

 

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

SANTA TERESA DE JESÚS

Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582), es decir, Santa Teresa de Ávila, ciudad en la que nació, o Santa Teresa de Jesús, sintió muy pronto una fuerte inclinación religiosa, hasta el punto de que a los 7 años huyó de su casa con un hermano para ir a buscar martirio. A los doce, perdió a su madre, lo que la afectó en extremo y pareció decidir su vocación religiosa. A los 16 años entró en el convento de Santa María de Gracia, llevada por su padre a causa de las exageradas lecturas de libros de caballerías. A los 19, profesó en el convento de la Encarnación de Ávila. Poco después cayó gravemente enferma: sentía los primeros síntomas de sus neurosis. En 1537, en casa de su padre, sufrió un ataque y durante dos años estuvo paralítica. Tras un paréntesis en que su fe se entibió, volvió al pasado ardor religioso tras ver a Cristo, según afirma la autora. Decidió reformar la orden del Carmelo, a la cual pertenecía, y fundar conventos de monjas descalzas y enclaustradas. La santa se queja en sus obras de su falta de estilo y de capacidad, pero su tono coloquial y sencillo, muy en la línea del renacimiento, no es en absoluto descuidado. Sus poesías fueron compuestas en los momentos de mayor ardor místico, según la autora inspiradas por Dios. La más conocida es la que publicamos. Entre sus obras en prosa destacan Camino de perfección (1562-64), El castillo interior o Las moradas (1577) y el Libro de las fundaciones (1573-82).

Este año se celebra el quinto centenario del nacimiento de una de nuestras escritoras más importantes. Por eso decidimos recordar aquí uno de sus poemas más conocidos, atribuido también a San Juan de la Cruz.

Para conocer mejor a Santa Teresa, podéis ver el siguiente vídeo:

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