JAKOB VON GUNTEN

Casi cada mañana, a primera hora, tiene lugar entre Kraus y yo un duelo verbal en susurros. Kraus vive convencido de que es deber suyo incitarme al trabajo. Y tal vez no se equivoque al suponer que detesto levantarme temprano. Cierto es que me encanta levantarme de la cama, pero a la vez encuentro francamente delicioso quedarme entre las sábanas un rato más de lo permitido. La prohibición de hacer algo resulta a veces tan atractiva que no se puede por menos que hacerlo. Por eso me agradan tanto las coacciones de cualquier tipo: consienten el placer de transgredir la ley. Si en este mundo no hubiera ningún mandamiento, ningún deber, me moriría, me consumiría, me anquilosaría de aburrimiento. Necesito vivir espoleado, forzado, sujeto a tutela. Es algo que me fascina. Al final soy yo, y nadie más que yo, quien decide. Siempre consigo enfurecer un poco a la ceñuda ley, y luego me dedico a apaciguarla. Kraus es el representante de todas las normas vigentes aquí, en el Instituto Benjamenta, de ahí que yo ande siempre desafiando un poco al mejor entre todos mis condiscípulos. Me encanta buscar pleitos. No poder hacerlo me pondría enfermo, y nadie más apropiado que Kraus para buscar pleitos y provocaciones. Siempre tiene razón: “¿Qué? ¿Has decidido levantarte, gandul?”. Yo, en cambio, nunca la tengo: “Sí, sí, paciencia. Ya voy”. Quien está en el error tiene el suficiente descaro para exhortar a la paciencia al que está en lo cierto. Tener razón vuelve fogosa a la gente, mientras que no tenerla invita a mostrar siempre una placidez orgullosa y frívola. Quien practica apasionadamente el bien (Kraus) sucumbe siempre a aquel (en este caso, yo) cuyo corazón permanece indiferente ante lo bueno y lo útil. Yo salgo ganando porque me quedo un rato más en la cama, y Kraus tiembla de rabia porque ha de seguir llamando inútilmente a mi puerta, echando pestes y gritando: “¡Vamos ya, Jakob, levántate! ¡Arriba! ¡Dios mío, qué vago eres!”. ¡Ah, qué simpática me cae la gente enojadiza! Kraus se enfada a cada instante. ¡Qué cosa tan estupenda, tan divertida, tan noble! ¡Y los dos nos complementamos tan bien! A un enojado tiene que oponerse siempre un pecador, si no faltaría algo. Cuando por fin me levanto, me hago el que estoy en Babia. “Ya está el muy gandul papando moscas, en vez de arrimar el hombro”, dice entonces. ¡Fabuloso! Los gruñidos de un renegón me parecen más melodiosos que el murmullo de un arroyuelo del bosque, encendido por el espléndido sol de una mañana de domingo. ¡Hombres, sí, nada más que hombres y más hombres! Lo siento intensamente: amo a los seres humanos. Sus locuras y enojos súbitos me son más queridos y preciosos que los más grandes prodigios de la naturaleza. Todas las mañanas, antes de que nuestros superiores se despierten, los alumnos tenemos que arreglar el aula y el despacho. Cumplimos esta tarea por turnos de a dos. “¡Venga, levántate! ¡Arriba!” O bien: “¡Basta de remoloneos!”. O también: “¡Vamos, arriba! ¡Levántate, que ya es la hora! Hace rato que deberías estar escoba en mano”. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Y cómo quiero a Kraus, a este Kraus eternamente enojado!”

                                                                 ROBERT WALSER, Jakob von Gunten

Robert Walser (Suiza, 1878-1956) se marchó de la casa paterna a los 17 años y ejerció todo tipo de empleos para subsistir, a la vez que escribía: empleado de banca, sirviente o secretario. En 1929, entró en la clínica psiquiátrica de Waldau, en Berna, donde siguió escribiendo hasta 1933, cuando fue trasladado a otra de Herisau. Allí permaneció hasta la navidad de 1956, en que fue encontrado muerto en la nieve. Fue autor de una extensa obra, con tintes autobiográficos, caracterizada por un estilo propio e inconfundible, poético, lleno de digresiones y de observaciones burlonas. Además de multitud de relatos cortos y de poesía, sus principales novelas o textos son Los hermanos Tanner, Jakob von Gunten, El ayudante, El bandido, La rosa y El paseo. Póstumamente han aparecido, al fin descifrados, sus Microgramas, una serie de notas, esbozos y observaciones, datados entre 1924 y1933, que el autor escribía en papeles sueltos, y con una letra minúscula, sin ánimo de publicarlos. Fue admirado por grandes escritores, como Robert Musil o Franz Kafka. La difusión en España de su obra se inició cuando el editor y poeta Carlos Barral publicó, en Barcelona, en 1974, su novela más querida, Jakob von Gunten, sobre un instituto en el que se aprendía a obedecer.

Nuestro compañero Alberto Rubio ha propuesto el texto que publicamos esta semana. He aquí su comentario:

El tono general de la obra de Robert Walser y, en particular, de esta preciosa novela, Jakob von Gunten, oscila entre la tierna resignación de un espíritu puro, que encuentra su puesto natural entre los desposeídos, y el entusiasmo infantil que a menudo le causa la belleza gratuita del mundo y el trato con los otros. Se oye decir a veces que el individuo genial tiene una parte de sí anclada para siempre en su infancia, una cualidad que no es exactamente inmadurez, sino una especie de privilegio por el que se le permite conservar el tesoro que normalmente perdemos al crecer. Tal fue, dicen, el caso de Mozart. Sin duda lo fue también el de Robert Walser. De él me gusta especialmente esa ironía suya, nunca ácida o punzante, sino llena de afecto, compasión y perdón. Su estilo poético se torna, en ocasiones, onírico, sirviendo en esto de modelo a Kafka. Por otro lado, la rara distinción que le otorga lo que podríamos llamar su “vocación de fracaso”, le hace también parecer intensamente interesante.  

En el siguiente vídeo, el escritor Enrique Vila-Matas comenta la obra de Robert Walser:

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Una respuesta a JAKOB VON GUNTEN

  1. Rafael Jiménez dijo:

    Leí este excelente librito que, creo recordar, me prestó Alberto. Se puede descargar gratuitamente aquí: http://librosespanol.org/libro/jakob-von-gunten/9tc2P9/

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