LAS CHABOLAS

¡Allí estaban las chabolas! Sobre un pequeño montículo en que concluía la carretera derruida, Amador se había alzado -como muchos siglos antes Moisés sobre un monte más alto- y señalaba con ademán solemne y con el estallido de la sonrisa de sus belfos gloriosos el vallizuelo escondido entre dos montañas altivas, una de escombrera y cascote, de ya vieja y expoliada basura ciudadana la otra (de la que la busca de los indígenas colindantes había extraído toda sustancia aprovechable valiosa o nutritiva) en el que florecían, pegados los unos a los otros, los soberbios alcázares de la miseria. La limitada llanura aparecía completamente ocupada por aquellas oníricas construcciones confeccionadas con maderas de embalaje de naranjas y latas de leche condensada, con láminas metálicas provenientes de envases de petróleo o de alquitrán, con onduladas uralitas recortadas irregularmente, con alguna que otra teja dispareja, con palos torcidos llegados de bosques muy lejanos, con trozos de manta que utilizó en su día el ejército de ocupación, con ciertas piedras graníticas redondeadas en refuerzo de cimientos que un glaciar cuaternario aportó a las morrenas gastadas de la estepa, con ladrillos de “gafa” uno a uno robados en la obra y traídos en el bolsillo de la gabardina, con adobes en que la frágil paja hace al barro lo que las barras de hierro al cemento hidráulico, con trozos redondeados de vasijas rotas en litúrgicas tabernas arruinadas, con redondeles de mimbre que antes fueron sombreros, con cabeceras de cama estilo imperio de las que se han desprendido ya en el Rastro los latones, con fragmentos de la barrera de una plaza de toros pintados todavía de color de herrumbre o sangre, con latas amarillas escritas en negro del queso de la ayuda americana, con piel humana y con sudor y lágrimas humanas congeladas.

                                                                                           Luis Martín Santos, Tiempo de silencio

Luis Martín Santos (Larache, Marruecos, 1924-Vitoria, 1964), uno de los grandes novelistas del siglo XX, solo vio un libro publicado en vida: Tiempo de silencio (1962). Cuando falleció en accidente de tráfico trabajaba en su segunda novela, Tiempo de destrucción y proyectaba escribir al menos otras tres. Era psiquiatra de profesión. En su juventud trabajó en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, organismo que retrata de forma muy crítica en su novela, y más tarde dirigiría distintas instituciones psiquiátricas en el País Vasco. Se afilió al Partido Socialista en la clandestinidad. Estudió los efectos del alcohol en la mente de los pacientes, tema sobre el cual escribió libros y artículos. También fue autor de poemas y relatos. Su novela Tiempo de silencio supuso un auténtico revulsivo innovador en el panorama narrativo de la época, dominado por el realismo social. En ella es apreciable la influencia del Ulises de James Joyce. Fue censurada en la época, de forma que su primera edición completa data de 1981. El autor clasificó su obra de “realismo dialéctico”.

El texto que reproducimos es una excelente descripción, cargada de denuncia, ironía y dolor, como toda la novela de Martín Santos de la que ha sido extraído. Además, es un modelo literario por su trabajada prosa, por su expresividad y por su plasticidad.

En 1986, el recientemente fallecido Vicente Aranda rodó una película basada en esta novela. Podéis ver un reportaje sobre ella en el siguiente enlace:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/cine-en-el-archivo-de-rtve/hora-del-cine-espanol-tiempo-silencio/3141872/

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