INFAMIA EN ALTA MAR

“¡Búm, búm! ¡Buuúm! ¡Buuuúmm!

“Así hacían las olas, al chocar contra el casco de mi buque, “Ramoncete” de catorce mil toneladas, matriculado en Hamburgo y en el instituto del Cardenal Cisneros; un magnífico buque, amigo Contricanis, que andaba a la velocidad común en los fabricantes de tapices: doce nudos por segundo.

“¡Búm, búm! ¡Buuúm! ¡Qué horrible noche!

“Cuando el amanecer llegó, el “Ramoncete” ya no existía, y to­dos sus tripulantes navegábamos a la deriva encima de un tonel de cerveza.

“Éramos cuarenta y siete.

Contricanis.— De manera, capitán Mascagomas, que ¿eran cuarenta y siete?

Mascagomas.— Cuarenta y siete personas y dos músicos, sí, se­ñores. Pero cuando nos recogieron unos pescadores de Badajoz solo quedábamos tres viajeros. Los otros cuarenta y seis habían muerto.

Contricanis.— ¿Ahogados?

Mascagomas.— Envenenados.

Contricanis.— ¡Cuente, cuente, capitán Mascagomas! Eso debe ser interesantísimo.

Mascagomas.—Es trágico, señores. Espachurradoramente trágico.

“Los cuarenta y nueve náufragos del “Ramoncete”, al caer al agua, hicimos la misma cosa: mojarnos. Enseguida nadamos desesperadamente hacia un bulto que flotaba; este bulto era Jaime Ffnetwzhjilmn, el cocinero de a bordo, un sueco muy corpulento. Los cuarenta y nueve tuvimos la misma idea: subirnos encima de Jaime, que era quien mejor nadaba de todos para salvarnos así de una muerte cierta. Llegamos al mismo tiempo al lado del cocinero, el cual bogaba mirando al cielo para gastar menos fuerzas. Pronto estuvimos los cuarenta y nueve encima de Jaime, pero el muy idiota no pudo resistir nuestro peso y se ahogó a los quince minutos. En­tonces fue cuando yo y mis cuarenta y ocho compañeros nos decidi­mos a aprovechar el tonel de cerveza flotante que había de servirnos de balsa de salvación en lo sucesivo. Ya comprenderá usted que no cabíamos todos encima del tonel. Sólo dos íbamos sobre la madera: el ingeniero Horacio Cambises, que era un hombre extraordinaria­mente enérgico, y yo, que, como capitán del buque hundido, hacía lo que me daba la gana. Los demás iban flotando y con sus manos izquierdas se agarraban al borde del tonel. De lejos, debíamos de ofrecer un extraño aspecto. Dentro del tonel, la previsión del inge­niero había encerrado un aparato de radio, y escuchando hermosos y lejanos conciertos, las horas eran menos largas para todos. Los cuatro primeros días se pasaron alegremente. Cada cual narró la historia de su vida y las cuarenta y nueve historias fueron muy cele­bradas. Cuando conté la mía gustó tanto que dos marineros me aplaudieron con fervor. Aquello fue su perdición porque para aplaudir tuvieron que soltarse del tonel y se ahogaron los dos inme­diatamente. Sus amigos me explicaron más tarde que aquellos infe­lices habían pertenecido a la claque de Margarita Xirgu. A los seis días de navegar con el tonel, el hambre empezó a hacerse sentir. Veinticuatro horas más tarde, prescindíamos de los conciertos de ra­dio, porque, en un descuido, un marinero se había comido la gale­na. Se llamaba este marinero Paciano González, alias “el Silbatangos”, y a su repugnante maldad se debió la tragedia que había de sucedemos

“Pero voy a abreviar, porque tengo que ir a comprarme un impermeable, y me van a cerrar la tienda. Tres semanas se cumplían ya desde el naufragio del “Ramoncete” y nuestra situación, a pesar del tonel, era insostenible. Nos moríamos de hambre a chorros, y me creía en el deber de decir a mis compañeros:

“—Hijos míos: sé lo que me corresponde aconsejaros. Ha llegado el momento de que uno perezca para lograr la salvación de los demás. La antropofagia es una bestialidad, pero engorda. Eche­mos a suertes y al que le toque morir que incline la testa y que se disponga a ser digerido.

“Un «¡hurra, viva el compañerismo!» fue la respuesta. Eché a suerte y le tocó hacer de ragout a Paciano González. La Providen­cia se mostró sabia. Paciano era el más nutritivo de todos. Miré a “Silbatangos” con miedo. ¿Cuál iba a ser la expresión de aquel rostro en ese momento espantable? Sin embargo, el semblante del “Silbatangos” estaba más tranquilo que una aldea del Piamonte. Pa­ciano sonrió, se encogió de hombros y pronunció una frase heroica:

“—Que os haga buen provecho.

“—Tampoco hubiera podido hablar más. Seis minutos después se lo habían almorzado. No describiré la escena. Se me eriza la bufanda al recordarla.”

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Contricanis.— ¿Luego usted no comió, capitán Mascagomas?

Masgagomas.— No. Ni yo, ni el ingeniero ni mi primo Bereguelo comimos. A ello debimos nuestra salvación, porque cuantos comieron fallecieron envenenados. El infame Paciano González no quiso advertir que él tomaba estricnina todos los días para curarse una afección nerviosa. Y aquella estricnina fue la que envenenó a los que se merendaron al “Silbatangos”.

Contracanis.— ¡¡Qué horror!! Pero diga usted, capitán Mascagomas, ¿por qué no comieron usted, el ingeniero y su primero Berenguelo?

Mascagomas.— ¿No lo ha adivinado usted? Porque nosotros éramos vegetarianos.

ENRIQUE JARDIEL PONCELA

Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 1901-1952) fue un dramaturgo cuya obra, relacionada con el teatro del absurdo, se alejó del humor tradicional para acercarse a otro más intelectual, inverosímil e ilógico, rompiendo así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español de la época. Esto le supuso ser atacado por una gran parte de la crítica de su tiempo, ya que su humor hería los sentimientos más sensibles y abría un abanico de posibilidades cómicas que no siempre eran bien entendidas. A esto hay que sumar sus posteriores problemas con la censura franquista. Sin embargo, el paso de los años no ha hecho sino acrecentar su figura y sus obras siguen representándose en la actualidad. Murió de cáncer, arruinado y en gran medida olvidado, a los 50 años. 

Escribió ensayos, novelas (Amor se escribe sin h, de 1928 o Espérame en Siberia, vida mía, de 1929), pero destacan sus comedias Un marido de ida y vuelta (1939), Eloísa está debajo de un almendro (1940), Los ladrones somos gente honrada (1940) y Los habitantes de la casa deshabitada (1942).

En el relato que publicamos, seleccionado por Ángel Campillo, se puede apreciar su humor surrealista y absurdo que ha hizo de él uno de los autores más leídos y representados en su tiempo, a pesar de sus planteamientos vanguardistas.

El siguiente documental se centra en la vida y la obra de este autor.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-jardiel-poncela/2919876/

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