De la amistad

Lo que ordinariamente llamamos amigos y amistad no son más que uniones y familiaridades trabadas merced a algún interés, o merced al acaso por medio de los cuales nuestras almas se relacionan entre sí. En la amistad de que yo hablo, las almas se enlazan y confunden una con otra por modo tan íntimo, que se borra y no hay medio de reconocer la trama que las une. Si se me obligara a decir por qué yo quería a La Boëtie, reconozco que no podría contestar más que respondiendo: porque era él y porque era yo. Existe más allá de mi raciocinio y de lo que particularmente puedo declarar, yo no sé qué fuerza inexplicable y fatal, mediadora de esta unión. Antes de que nos hubiéramos visto, nos buscábamos ya, y lo que oíamos decir el uno del otro, producía en nuestras almas mucha mayor impresión de la que se advierte en las amistades ordinarias; diríase que nuestra unión fue un decreto de la Providencia. Nos abrazábamos por nuestros nombres, y en nuestra entrevista primera, que tuvo lugar casualmente en una gran fiesta de una ciudad, nos encontramos tan prendados, tan conocidos, tan obligados el uno del otro, que nada desde entonces nos tocó tan de cerca como nuestras personas. Escribió él una excelente sátira latina, que se ha impreso, en la cual explica la precipitación de una amistad que llegó con tal rapidez a ser perfecta. Habiendo de durar tan poco tiempo su vida y habiendo comenzado tan tarde nuestras relaciones (pues ambos éramos ya hombres hechos, él me llevaba algunos años), no tenían tiempo que perder, ni necesitaban tampoco acomodarse al patrón de las amistades frías y ordinarias, en las cuales precisan tantas precauciones de dilatada y preliminar conversación. En la amistad nuestra no había otro fin extraño que le fuera ajeno, con nada se relacionaba que no fuera con ella misma; no obedeció a tal o cual consideración, ni a dos ni a tres ni a cuatro ni a mil; fue no sé qué quintaesencia de todo reunido, la cual, habiendo arrollado toda mi voluntad, la condujo a sumergirse y a abismarse en la suya con una espontaneidad y un ardor igual en ambas. Nuestros espíritus se compenetraron uno en otro; nada nos reservamos que nos fuera peculiar, ni que fuese suyo o mío.

MICHEL DE MONTAIGNE, Ensayos.

Miguel Eyquem, señor de Montaigne, nació en el castillo de Montaigne (de donde sus ascendientes tomaron el nombre), en los confines del Perigord, en 1533, donde también murió en 1592. Su padre descendía de una antigua familia de comerciantes de Burdeos; su madre era de origen español. Gozó de una esmerada educación, con fundamentos latinos, y estudió leyes, que ejerció por poco tiempo en Burdeos, para retirarse a escribir, aislado de la ajetreada vida activa. No buscó su fama, sino disfrutar y comentar los libros de su bien surtida biblioteca. Viajó por Alemania, Suiza e Italia y reflejó sus impresiones en su Diario de viaje. Tuvo que dar fin a su periplo al ser nombrado alcalde de Burdeos. Durante la guerra civil que enfrentó a católicos y calvinistas (hugonotes), fue acusado de haber eludido sus responsabilidades. Pasó sus últimos años en su castillo corrigiendo sus escritos.

La primera edición de su principal obra, Ensayos, apareció en Burdeos en 1580. Durante toda su vida fue escribiendo esta obra, consistente en comentarios de los temas más variados (la guerra, la política, la religión, el hombre, la razón humana y los límites de su conocimiento, etc.) desde un punto de vista personal. Fue el creador de este género, tan actual. Los Ensayos no siguen un plan premeditado, pero ello no les resta unidad. El autor suele saltar de un tema a otro, siguiendo el fluir de su pensamiento. Se trata de una obra moderna y fundamental en la historia del pensamiento y la literatura, propia de un hombre cultivado y curioso, que no deja de cuestionarse sobre todas las experiencias vividas.

Esta semana queremos recordar al pensador renacentista cuyos Ensayos pueden leerse hoy con interés.

En el siguiente vídeo podéis leer algunas de las frases más famosas de este autor:

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