TERRITORIO

        El tiempo también es un territorio. A cierta edad el tiempo que te queda por vivir será tu único patrimonio. Mientras seas joven no pasa nada si parte de ese patrimonio lo cedes de buen grado a otra persona, si lo malgastas o, incluso, si permites que cualquier idiota te lo arrebate. La vida te dará todavía algunas oportunidades para recuperarlo. Pero cuando el caudal empiece a agotarse no deberás permitir que nadie interfiera, fiscalice o coarte ese tiempo de tu exclusiva propiedad. Cualquiera puede ser rey de ese territorio invisible, solo que para llegar a dominarlo hay que dar un golpe de estado: si pierdes esa batalla ya no serás nadie. Un día, tal vez a causa de una depresión o porque el dedo de un ángel te haya tocado la frente, tendrás la evidencia del valor del tiempo que te queda antes de disolverte en el espacio. Será lo más parecido a una revelación. De pronto descubrirás un hecho tan simple como este: que la vida te pertenece a ti y a nadie más. Debes saber que nadie te va a agradecer el haber cedido la soberanía si no fue por tu gusto y placer. Habrás sido un esposo fiel, un padre ejemplar, una hormiga de oro para la empresa y un ciudadano honorable, pero no serás el tipo que un día decidió ser libre, ya que el tiempo también es libertad. A partir de una edad no intentes volar en ala delta ni correr los cien metros lisos a menos que te pongan un féretro en la meta. Hay retos más difíciles que uno debe afrontar cuando ya se divisa un gato negro en la línea del horizonte. Dios creó el tiempo, pero dejó que nosotros hiciéramos las horas. Ese pequeño territorio de cada día será imposible de gobernar si el tiempo no es tuyo y no eres tú quien marca las horas para regalarlas y compartirlas con esa clase de personas que te hacen crecer por dentro. Esa dádiva también será tu salvación. Estas cosas le decía el Maestro al discípulo mientras paseaban una noche muy oscura por una ciudad abandonada. Al llegar a una plaza el discípulo creyó que había salido la luna llena sobre los tejados, pero solo era la esfera iluminada del reloj de una torre, donde también había una veleta oxidada en forma de gallo. En ese momento sonaron doce campanadas y el Maestro le hizo observar al discípulo que aquel reloj no tenía agujas ni números. Su esfera parecía la córnea de un ojo que les miraba en la oscuridad. El tiempo también es el silencio, de modo que a una edad lo más sabio a veces es callar, pero nunca obedecer, dijo el Maestro. El gallo oxidado de la veleta cantó anunciando la madrugada.

MANUEL VICENT

Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936). Licenciado en Derecho y Filosofía en Valencia, estudió Periodismo en Madrid. Colaboró en las revistas Hermano Lobo y Triunfo y actualmente es columnista en el diario El País. Su obra comprende novelas, teatro, relatos, biografías, artículos periodísticos, libros de viajes, apuntes de gastronomía, entrevistas y semblanzas literarias, entre otros géneros. Sus novelas Tranvía a la Malvarrosa y Son de mar han sido adaptadas para la gran pantalla dirigida por José Luis García Sánchez y por Bigas Luna, respectivamente. Recibió el Premio González-Ruano de periodismo en 1979 por su obra No pongas tus sucias manos sobre Mózart y el Nadal por Balada de Caín en 1986, entre otros. Según el humorista gráfico El Roto (Andrés Rábago García), el estilo de Vicent «es muy barroco, pero también muy luminoso». Y, en palabras del propio autor, en sus columnas y relatos trata de reflejar «esos momentos que nos hacen felices, perplejos, escépticos y expertos en dioses menores». Vicent compagina su labor como escritor con la de galerista de arte. 

A veces es bueno pararse a reflexionar sobre el tiempo, ese agujero que nos devora sin que seamos conscientes de ello la mayoría de las veces. 

En el siguiente enlace podéis ver una entrevista con el autor:

Página 2. Entrevista con Manuel Vicent.

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